En “El Consejero” se produce una
batalla de dimensiones épicas: en una bando se encuentra la literatura de
Cormac McCarthy, ajena por completo al lenguaje cinematográfico, cómoda en ese
mundo rico de metáforas y diálogos alargados sobre temas de inevitable
importancia para el alma humana; en el otro, Ridley Scott carga sus armas
visuales: fotografía impecable, dinámica puesta en escena y planos sugerentes y
expresivos. Unir un mundo y otro es una de las decisiones más arriesgadas que
podemos ver en una pantalla de cine y, sin embargo, hay que decir que es,
quizá, la única manera de poder disfrutar de ese McCarthy ahora presentado como
guionista.

En
el arranque contemplamos por un lado la inquietante velocidad de un motorista
que recorre una carretera desierta que ya nos ubica geográficamente en ese
atmósfera fronteriza, anticipo de los oscuros senderos a los que nos arrastrará
la trama; por otro, somos testigos del movimiento armónico de unas sábanas de
blanco inmaculado bajo las que se mueven con aparente soltura los cuerpos de
los amantes, un Michael Fassbender que interpreta al consejero mencionado en el
título, y una Penélope Cruz inocente, entregada a su amor, ajena al turbio
mundo que él oculta bajo su mirada. Esa pureza cromática reflejada en las sábanas,
entre pliegues y ondulaciones que parecen querer deformarla, se evapora rápidamente
cuando conocemos el negocio del protagonista y a sus socios. Pero a McCarthy no
le importa demasiado esa trama de trapicheo y corrupción, de muerte y
violencia; en cambio, sí está mucho más interesado en los discursos que sueltan
los personajes, ya sean principales o secundarios, sobre temas siempre
profundos relativos al ser humano. Por suerte, ahí tenemos a Ridley Scott, empeñado
en ampliar el espectro informativo y dialogado y trasladarlo al formato
cinematográfico, tratando de dar naturalidad visual a un texto que carece de
ella, pero que, sin duda, se mueve más cómodo entre el sólido cast y la experta dirección de Scott.

Hay
que destacar en roles secundarios a Javier Bardem, como un excesivo delincuente
de altos vuelos, y a Cameron Díaz, bella, misteriosa y cargada de peligro. Es
precisamente con estos dos actores donde se produce una de las escenas
memorables de “El Consejero”, con un hermoso coche de por medio… nunca mejor
dicho.

Hay
quien a menudo se irrita por el hecho de que en una película se ceda el
protagonismo a la palabra. Después de todo, dicen, el cine es un medio visual.
Y tienen razón, desde luego, el cine es un medio visual, pero hace tiempo que
llegó el sonoro, y enriquecer el texto de una película a través de diálogos más
literarios, si bien es peligroso, no tiene por qué ser necesariamente negativo.
Ridley Scott, que comenzó su carrera con tres incontestables obras maestras
(“Los duelistas”, “Alien” y “Blade Runner”), sortea con habilidad los
recargados diálogos que escribe McCarthy y aporta imágenes para el recuerdo:
ese arranque ardiente bajo las sábanas del comienzo, la escena a la que
aludíamos entre Bardem y Díaz, o la última secuencia que protagoniza Brad Pitt,
que demuestra cómo, acercándose ya a los ochenta años, Scott conserva el brío y
el talento de quien ha dejado ya piezas de gran valor para la historia del
cine.

“El
Consejero” es una película diferente, atípica, que por momentos bordea la fina
línea que separa el ridículo de lo brillante pero que, a menudo, se inclina por
esto último, mostrando un film de actores, de escritor que no es guionista
aunque salga acreditado como tal, y con un director capaz de poner en orden
todos los elementos para crear una obra que no es fácil, que permanece en el
recuerdo, de la que se habla con placer e interés al finalizar la proyección, adulta,
impropia de lo que se suele exhibir en centros comerciales y multisalas, una
rareza, en definitiva, muy estimulante donde hasta se llega a nombrar a Antonio
Machado y su mítico Caminante, no hay camino, se hace camino al andar, quizá
porque el propio McCarthy es consciente de su atrevimiento y se identifica
plenamente con las palabras del poeta español al adentrarse en el medio
cinematográfico.
©José Luis Ordóñez (texto), diciembre 2013