“Todo saldrá bien” (Jesús Ponce,
2016) podría verse como una película de terror cotidiano, sin duda el peor de
todos ellos, por cuanto carece del valor lúdico e irreal de ese terror que nos
vende el cine: aquí no hay psicópatas, ni zombies ni casas encantadas. Sin
embargo, sí hay una casa de la que no pueden escapar sus protagonistas (como si de un “Hotel California” rústico
y local se tratase), sí hay una persona más cercana a la muerte que a la vida y
sí hay un personaje condenado a desconectarse del mundo, que vive en ese
universo anclado a la agonizante madre que nunca vemos, uno de los aciertos
visuales de la película.
¿Por
qué terror cotidiano? ¿Por qué el peor de todos ellos? Porque habla de
tragedias reales, cercanas en el tiempo y en el espacio, donde la injusticia
social deriva hacia callejones sin salida como al que nos dirige de manera
irremediable este largometraje desde
sus primeros minutos.
Isabel
(Isabel Ampudia) regresa a la casa familiar en el campo donde espera su hermana
Mercedes (Mercedes Hoyos), ante la inminente muerte de la madre de ambas, ya
incapaz de reconocerlas, postrada desde hace años en una cama, y a la que casi
de manera única identificamos por unos lastimosos quejidos que se propagan
entre sus paredes como una maldición fantasmal incapaz de dejar salir de allí a
las dos hermanas.
En
un momento determinado, en los primeros minutos de “Todo saldrá bien”, ambas
están compartiendo su primera cena en la casa de campo cuando los lastimosos quejidos
de esa madre invisible pero omnipresente sacuden la conciencia de la recién
llegada. “¿No subes?”, le pregunta Isabel, a lo que Mercedes le responde que lo
haga ella. Isabel se levanta, sale del plano, al tiempo que un lento travelling de retroceso contempla la
cotidiana soledad de la tragedia en Mercedes, que continúa con su cena, como ha
hecho siempre, asumiendo el drama e insertándolo en esa normalidad hiriente que
resquebraja el alma. Por supuesto, como comprobamos a continuación, Isabel no
es capaz de atender a su madre y será su hermana la que, de nuevo, tenga que hacerse
cargo de las necesidades de una enferma dependiente, abandonada por el sistema
social y condenada a sufrir durante un indeterminado período de tiempo.
Se
agradecen los momentos de humor que alivian la tragedia y nos permiten respirar
(alejándose así, por ejemplo, de la asfixiante aspereza de un Michael Haneke o
la violencia explícita de un Lars Von Trier), donde se humanizan los personajes
de estas dos hermanas, visibilizando sus rencores, sus debilidades, sus
ilusiones rotas. Hay dolor, sí, hay odio, sí, hay frustración, sí, pero también
hay amor, un amor trágico que, al final, es lo único que parece quedar.

“Todo
saldrá bien” es una película en la que brilla el potente duelo actoral entre
Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos, omnipresente a lo largo de todo el metraje,
salvo por momentos puntuales donde aparecen otros personajes que oscurecen aún
más el terrible panorama al que se enfrentan las dos hermanas: el personaje de
Víctor Clavijo en la secuencia inicial de la oficina advierte a Isabel de las
consecuencias de ausentarse del trabajo (aunque sea con días de asuntos propios);
el doctor que hace visitas a domicilio, interpretado por Darío Paso, les
recuerda que en el mundo que les ha tocado vivir, jamás pueden dejar sola a su
madre (impidiendo así el festivo picnic planeado entre las hermanas lejos de la
casa); Juan Carlos Sánchez, dando vida al doctor en al ambulatorio, le confirma
a Mercedes que está sola, que nadie la ayudará y que, en definitiva, “todo se
ha ido a la mierda” (crítica social que, además, se materializa en ese cartel
que le prohíbe que las consultas duren más de cinco minutos).
Consciente
de la química y talento de sus actrices, Jesús Ponce despliega una
planificación que, a menudo, nos permite disfrutar de ambas en un mismo plano:
sus palabras y reacciones alimentan no sólo la verosimilitud de sus personajes
sino también la línea narrativa de esta incómoda pero recomendable película, dura
y desasosegante, pero, al mismo tiempo, vehicular de un mensaje que visibiliza las
tragedias cotidianas.

Mención
especial merece el extraordinario trabajo que desarrolla Mercedes Hoyos en la composición de
su personaje, el más rico de la película, por el bagaje acumulado, por ese
rencor que trata de esconder pero que termina saliendo a flote. Su dolor, esa
mirada triste que parece atravesar el alma, salpica al espectador y pone el
nudo en la garganta. Sabemos que ella tiene una hermana y una madre, pero su
único alivio familiar lo encuentra en
el vino, que aún le recuerda el placer de la vida, que tal vez le ofrece la
salvadora ilusión de que todavía puede encontrar su lugar en el mundo, lejos de
una casa de la que, en el fondo, sabe que jamás escapará, al igual que su
madre, y a la que parecen irremediablemente condenadas en “Todo saldrá bien”,
película pequeña, atípica y cruda, que crece y crece durante el visionado hasta
demostrar que otro tipo de cine es no sólo posible, sino necesario.