Oblivion es una película de
ciencia ficción que, como casi todo el mundo se ha ocupado de comentar (y
criticar), bebe de influencias muy reconocibles dentro del cine fantástico.
Hablar de estas influencias y señalar las obvias referencias supone, en cierto
modo, destripar la trama (que, por otro lado, desde el mismo título ya desliza
pistas nada sutiles), así que el lector queda avisado desde este momento. Se
recomienda haber visto la película antes de continuar leyendo, ya que entramos
en el terreno SPOILER.

Bien, una vez superado el primer párrafo de advertencia, hay que decir
que hubiese sido deseable el mismo tacto por parte de la campaña de marketig, ya
que, desde el mismo tráiler se revelan alguno de los giros de la trama, como la
aparición del siempre soberbio Morgan Freeman, entre penumbras, encendiendo un
puro, camuflado tras unas gafas de sol (como sabemos, es necesario llevar gafas
de sol en la oscuridad… sobre todo si te llamas Morgan Freeman, claro). Esta
irrupción se produce, más o menos, a la hora de proyección, en una revelación
que se debería suponer sorprendente, pero ya spoileada, como digo, desde los dos minutos de ese tráiler que nos
avanza innecesariamente toda esta información. Esta exposición publicitaria
hace pensar en la escasa confianza de los que la han publicitado en lo que debería
ser la mayor fuerza de Oblivion (el
guión, ya se sabe), para así centrarse en otros elementos para vender la
película, con giros supuestamente sorprendentes (que al revelarlos dejan de
serlo) y presencias estelares de grandes actores como Morgan Freeman (después,
curiosamente, desaparecido durante gran parte del film).

Pero dejemos de hablar del tráiler y pasemos a la película.

Oblivion no deja de ser un remake de gran presupuesto de la
magnífica Moon de Duncan Jones,
triunfadora en Sitges hace unos años. Ese es el gran giro, la gran sorpresa,
que esconde una historia que arranca como Wall-E,
la obra maestra de Pixar, contiene elementos de la estupenda The Matrix (la primera, claro, no los
engendros que después se perpetraron), incluso pequeños guiños a La Fuga de Logan o El Planeta de los Simios. Así, uno tiene la sensación de haber
visto la película antes; en realidad, así ha sido, sólo que repartida en
diferentes largometrajes a lo largo de los años. Es curioso señalar que la
película está basada en un cómic de Joseph Kosinski, el propio director, que
asegura ideó en 2005, afirmación quizá resaltada para ahuyentar la sombra del
plagio. En cualquier caso, estamos antes una superproducción de Hollywood que
nos ofrece espectáculo, escenas visualmente sugerentes y una trama a la que es
mejor llegar lo más virgen posible (algo poco probable, según lo ya señalado).
No podemos olvidar que la película es un vehículo para Tom Cruise,
aquí tomando una dirección opuesta al ejercicio retro setentero, sobrio y
áspero (al menos en cuanto al estilo), que suponía Jack Reacher. En Oblivion
abandonamos la contención y pasamos al gran espectáculo, dentro de la ciencia
ficción que juega (una vez más) a la destrucción masiva de nuestro planeta (o
de Nueva York, que, como sabemos, suele ser representativo del todo), con el
despiece de la ciudad de los sueños (aquí un rastro de la Estatua de la
Libertad, allí uno del Empire State Building…) que diseña un curioso
paralelismo con el similar despiece de elementos de otras películas para
conformar la criatura fílmica que
supone esta obra.

Abusando en su primera mitad de flashbacks que nos llevan, precisamente,
al Empire State en compañía del personaje que interpreta de manera solvente
Olga Kurylenko (que después descubriremos como mujer del Jack real y no de sus
múltiples clones), la película se desliza por un terreno ambiguo: se nos
muestra la rutina de los dos vigilantes (y al mismo tiempo pareja), aunque
quizá no con la suficiente naturalidad para hacerla creíble. A mi juicio, un
problema de casting fundamental es el hecho de que, una vez él descubre y
rescata a Olga Kurylenko, no cabe conflicto alguno si tiene que decidirse entre
un personaje femenino u otro. Uno telegrafía desde el arranque que esa
pelirroja con cara de mosquita muerta (Andrea Risoborough) no es la pareja
natural de Mr. Cruise, e intuimos que ella esconde algo. No puedo evitar pensar
en que ese era un papel maravilloso para Nicole Kidman (cada vez más robotizada
por el bótox), con el que unos y otras hubiesen empatizado mucho más (por
iguales o diferentes motivos) y que hubiera servido de manera mucho más
práctica al desarrollo de la historia.

Destacable es una electrizante banda sonora que nos sacude cuando debe
sacudirnos y nos advierte cuando debe advertirnos. Sin embargo, la pieza que
mejor engrasada debería estar (el guión, ya se sabe), funciona a trompicones,
donde por momentos el deux ex maquina
parece el leit motif de la película:
uno puede creerse cosas, pero difícilmente perdona las traiciones dentro del
particular universo creado. Y quizá, también, hay demasiadas historias: la
trayectoria personal del clon de Jack, el descubrimiento de su existencia real,
el grupo de rebeldes, la gran conspiración, la historia de amor… Por
acumulación, unas y otras pierden intensidad en beneficio de la aparatosidad
del conjunto, con algunas incongruencias internas en su trama y un desenlace
algo forzado.
A pesar de los problemas inevitables que surgen del visionado de Oblivion, estamos ante una película que
nos traslada a un universo diferente en el que, aunque se peque de inocencia en
su narrativa, nos divierte durante dos horas donde, por cierto, Tom Cruise
quiere que sepamos que, a pesar de haber superado la barrera de los cincuenta,
corre, salta, dispara, golpea y bucea como el que más.
Ah… si sólo hubiéramos tenido ahí a Nicole Kidman para ponérselo un
poquito más difícil.
©José Luis Ordóñez (texto), abril 2012