(advertencia: contiene spoilers)
El cine de M. Night Shyamalan
tiene estilo y personalidad, y aunque es ciertamente posible que sus películas
no conecten con todos los espectadores, que incluso los enfurezcan, es
innegable su talento visual a la hora de crear historias originales que, cuando
funcionan, llegan a lo más alto. Ahora acaba de estrenar “Multiple” (“Split”,
2017), un largometraje que prolonga esa publicitada resurrección iniciada en su
anterior obra, “La visita” (“The visit”, 2015), a la que no es ajena su nueva
relación con Blumhouse y el productor Jason Blum, especialista en presupuestos
reducidos y grandes taquillazos (la lista es impresionante, especialmente
dentro del cine de género: “Paranormal Activity”, “The Purge”, “Insidious”
etc.).

En “Múltiple” nos reencontramos
con esa manera tan reconocible de contar historias en la filmografía del
director: una idea ingeniosa (¿Y si… la gente dañada fuera en realidad la más
poderosa?), una serie de pistas hábilmente distribuidas por el metraje que
conducen a una verdad (el poder de la
mente es capaz de alterar el cuerpo humano) y un tercer acto donde todo se
resuelve acorde a lo sugerido con anterioridad (por un lado, la transformación
de Kevin en “La Bestia”, su personalidad número 24, por otro, la supervivencia de la chica protagonista;
ambos dañados y ambos, como vemos, cada uno a su manera, poderosos y
supervivientes).

Además, no podemos ni mucho menos
olvidar el extraordinario epílogo que se oculta tras el título final de la
película: en una breve escena ubicada en un bar donde escuchamos las noticias
en televisión, los clientes comentan el curioso nombre que se le ha dado al criminal
fugado, “La Horda”, derivado de su trastorno de personalidad múltiple.
Entonces, una mujer recuerda que hace años hubo otro loco asesino al que
también se apodó de forma original. “Mr. Glass”, dice al final de la barra el
hombre que hay a su lado, oculto hasta ese momento. Es David Dunn, interpretado,
claro, por Bruce Willis. Y entonces comprendemos que, en realidad, hemos
asistido a una película que funciona como preparación y suculento anticipo para
la esperada secuela de la magnífica “El protegido” (“Unbreakable”, 2000), en toda
una pirueta narrativa que no hace sino entusiasmarnos ante esa futura película
donde se producirá el esperado choque de trenes entre el superhéroe (Bruce
Willis) y el supervillano (James McAvoy), donde, además, es de esperar que Mr.
Glass (Samuel L. Jackson), aunque encarcelado, tenga una presencia reseñable.

Lo malo de todo esto es que,
precisamente, lo mejor de “Split” no está en “Split”, sino en lo que sugiere y
anuncia, de una manera mucho más brillante e inteligente, por ejemplo, que
cualquier escena post-créditos de la Marvel.
Hay varias elementos propios del
estilo de Shyamalan en su nuevo thriller; por ejemplo, el repetido uso de flashbacks en la narrativa, aquí
forzosamente explicativos y que, de inmediato, ponen al espectador en guardia:
¿por qué en una situación de tensión, como es un secuestro, empezamos a ver
imágenes de cuando la protagonista era una niña? ¡Ah, claro, porque esto va a tener una importancia fundamental en la
historia!, pensamos de inmediato. Y ahí es, precisamente, donde queda al
descubierto el artificio. En “Señales” el uso de los flashbacks era mucho más justificado y orgánico: hacía referencia a
otra tragedia personal, en este caso del personaje que interpretaba con solvencia Mel Gibson, y
que había provocado un gran cambio en su vida: la pérdida de la fe. Después se
revelaba más información, fundamental en la película, y funcionaba armoniosamente para la resolución del conflicto interno (pérdida de fe) y
conflicto externo (amenaza de extraterrestres); parece que en “Múltiple”
Shyamalan se aproxime a esa misma estructura, pero todo suena más forzado, y
eso, inevitablemente, nos arroja fuera del campo de la verosimilitud… ¿o es que
quizá nos hemos acostumbrado a su forma de contar y hemos aprendido a detectar
sus trucos?

En
cualquier caso, he de confesar que la película funciona mejor en un segundo
visionado: es posible que, consciente de la decepción de la primera vez, uno hile y justifique mejor sus debilidades, encontrando de esa manera una razón a
escenas que antes creía repetitivas e innecesarias. Y, sobre todo, se puede disfrutar de su maestría en la dirección: a fin de cuentas, estamos ante un medio visual,
y no es lo mismo que un fragmento del guión (más o menos satisfactorio) se
resuelva con una torpe y mediocre planificación a que se componga con lenguaje plenamente cinematográfico, y por todo ello no descarto que, en un tercer visionado, “Múltiple” se vaya acercando a la extraordinaria trilogía que forman “El sexto
sentido” (1999), “El protegido” y la que es, tal vez, su gran obra hasta el
momento, “Señales” (“Signs", 2002).