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lunes, 18 de mayo de 2026

"Wichita, ciudad infernal" (Jacques Tourneur, 1955)

¡Cuánto hay que aprender de una película como "Wichita, ciudad infernal" (1955)! Planificación excelente, grandes y significativos planos generales, planos secuencia invisibles... Que el director sea el gran Jacques Tourneur explica muchas de las virtudes de este western capitaneado por Joel McCrea y secundarios de lujo como Vera Miles o Lloyd Bridges...además de un Peter Graves que tiene una maravillosa secuencia con McCrea. Guion eficaz y muy acertado, el placer de disfrutarlo en Cinemascope y la sensación maravillosa de estar ante un notable ejemplo de velocidad (y contundente narrativa) cinematográfica.

miércoles, 13 de mayo de 2026

"LANDA" (Gracia Querejeta & Miguel Olid) en MOVISTAR +


DEL LANDISMO A CANNES
Del Festival de Málaga a Movistar + pasando por las salas de CINE

El pasado 16 de abril asistimos al preestreno del documental "LANDA", de Gracia Querejeta y Miguel Olid, en los cines Odeon en Sevilla, en una sala llena de público que remató el final de la proyección con un sonoro aplauso; y justo antes de comenzar la película —quizá debido a una serie de acontecimientos personales y a la propia importancia de la figura de la madre en la vida de Alfredo Landa—, Miguel Olid tuvo tiempo de revelar a los presentes que lo que estábamos a punto de ver estaba dedicado "a las madres", las de los responsables de la propia película, sí, pero también a las de todos los que estábamos allí.
            Tras estar presente el pasado mes de marzo en el Festival de Málaga y pasar después por las salas de cine, llega también ahora a Movistar + este documental que tiene la habilidad de acercarse con mirada atenta y lúcida a uno de los grandes actores de nuestro cine: de esta manera, se entra de lleno en el denominado landismo, con voces críticas y voces que argumentan su defensa; se hace especial hincapié en "El puente" (1977), la estupenda película de Juan Antonio Bardem, y lo que supone en la carrera de Landa; nos detenemos en las grandes obras que brillan en su filmografía, como "El crack" (1981), "Los santos inocentes" (1984) o "La vaquilla" (1985); llegamos a los premios y homenajes; y, finalmente, también, encontramos un acercamiento a lo más personal, especialmente a través de sus hijos o de sus amigos, como José Sacristán, con el que comparte aventuras cinematográficas desde los años setenta. Se advierte a lo largo del metraje un admirable equilibrio entre la consideración de la obra más popular y venerada por el público y la que suscita la mayor admiración de la crítica; y ahí, justo en el centro, la propia figura de Alfredo Landa, consciente de esa dualidad, pero, sobre todo, de su oficio, uno que siempre ejerce con admirable dedicación, ya sea en un vehículo alimenticio o en un obra de mayor valor artístico.
            Se conjugan con acierto las enriquecedoras voces de José Sacristán, Miguel Rellán y Antonio Resines, a veces más hondas y profundas (Sacristán), a veces más melancólicas y emotivas (Rellán), a veces más irreverentes y humorísticas (Resines); se produce entre los tres una simbiosis que aviva e ilumina la pantalla y cala en el corazón del espectador. Es un lujo contar con todos ellos, que han trabajado con Landa, que lo conocían bien, y eso añade una perspectiva única que se ha sabido insertar en el desarrollo del documental.
            Además, estamos ante una obra elegante y con estilo. No escamotea información al espectador, habla de sus grandes enemistades en el mundo del cine y de sus polémicas (y maravillosas) memorias —que, bajo el título de "Alfredo el Grande", escribe Marcos Ordóñez, y acaba de reeditar Sílex editorial, con una edición a cargo del propio Miguel Olid— pero no ofrece carnaza. Está más interesado en el propio protagonista, un actor capaz de todo, en su perfil más humano, que en ahondar en las polémicas que surgen a su alrededor.
            Y añadiríamos que, además de ser elegante y poseer un innegable estilo, "Landa" es, incluso, osado, ya que se atreve a sugerir un relevo, proponer el nombre de un actor que fuera capaz en la actualidad de ocupar, por así decirlo, su puesto; pero lo cierto es que lo hace con cierto sentido, con cierta justificación, en lo que constituye una de las sorpresas del documental, tan inesperada como vitalista: en el fondo, Alfredo Landa sigue entre nosotros, no solo a través de sus películas, su familia y sus amigos, sino también a través de esos otros actores que ejercen su oficio entre el cine, el teatro, la comedia y el drama, y ante los que podemos encontrar ciertas similitudes, como si, en el fondo, el reflejo inmortal de Landa terminara iluminando a aquellos que lo buscan a través del espejo.
            Gracia Querejeta y Miguel Olid han logrando una obra admirable, que rompe moldes y no funciona como un simple documental al servicio general de la vida y obra del personaje en cuestión, uno de los mejores actores en la historia de nuestro cine; al contrario, se permiten dedicar más tiempo de metraje a aquellos temas que consideran de mayor interés, y apuntan solo los aspectos biográficos que les parecen relevantes. Así, llegamos al gran premio de interpretación en Cannes por "Los santos inocentes", pero también inciden antes en el landismo, en una valoración crítica que tiende a lo negativo, pero también ofreciendo voces que lo justifican.
            Del material de archivo recuperado destacan numeras entrevistas al propio Alfredo Landa, pero también a directores fundamentales en su carrera, como José Luis Garci o José Luis Cuerda; especialmente divertida, como no podía ser de otra forma, es la dedicada a Manuel Summers, cuando el director sevillano recuerda cómo dirigía a Alfredo Landa en "La niña de luto" (1964), en lo que fue su primer papel protagonista; un Summers que, por cierto, fue el objeto del anterior documental de Olid, "Summers el rebelde" (2024).
            De los entrevistados se admira la precisión y frescura de Marta Medina en sus comentarios sobre algunas películas o el movimiento del landismo; de Víctor García León su naturalidad y empatía a la hora de acercarse a Landa; de Luis Alegre sus recuerdos con el propio Landa, que, de repente, nos permiten imaginar esos momentos justo como si nosotros, como espectadores, también estuviéramos allí, y eso, de repente, nos abriera una nueva puerta a su particular universo; Oti Rodríguez Marchante tiene la doble capacidad de ser entrevistado y de aparecer en material de archivo, siempre con un comentario preciso cuando surge; María Bardem recuerda a su padre y es, también, una conexión con una parte fundamental de nuestro cine; Mikel Olaciregui se plantea cómo quedaría la producción española en aquellos años si elimináramos el landismo; Rosa Belmonte aporta una mirada cotidiana y certera, mientras que Enrique Cerezo es interesante tanto por lo que dice como por lo que calla (por ejemplo, eso de... yo me he llevado muy bien y muy mal con ciertas personas); finalmente, Alfredo Landa Imaz e Idoia Landa Imaz, los hijos de Alfredo Landa, aportan un perfil más personal e intimista sobre la figura de su padre, haciendo una clara separación entre la vida profesional y la vida familiar del actor. Por mi parte, un placer intervenir en una obra que no tiene miedo a dar voz a figuras diversas, plantear propuestas inesperadas y sorprender, permitiendo que la emoción surja de la pantalla y alcance el alma del espectador.
            Alfredo Landa es un lujo en nuestro cine y "Landa" se encarga de recordarlo de la mejor manera posible: a través de sus grandes películas, sí, pero también a través de las peores (el landismo), con sus premios, su trayectoria vital y familiar... y algo que crece en el tramo final del documental y que parece elevar la fuerza narrativa de la obra: la emoción de saber que Landa es eterno.
            No me quiero olvidar del decorado en blanco y negro, a cargo de la directora de arte Eva Rodríguez, con recortes de  personajes interpretados por Alfredo Landa, y que permanecen agazapados tras los entrevistados, siempre atentos... o de la extraordinaria banda sonora de Nerea Alberdi, entre melancólica y emotiva, quizá recordándonos a cada poco del metraje que, aunque él ya no esté, la grandeza de Landa siempre la encontraremos en sus interpretaciones, siempre vivas, siempre capaces de llegarnos al corazón.
            Quizá la única crítica que podría lanzarse al documental de Gracia Querejeta y Miguel Olid fuera su duración, ya que sus 70 minutos se hacen cortos; aunque también podríamos considerarlo como una virtud (y casi bendición) en los tiempos que corren: en un universo cinematográfico donde la extensión de las películas es cada vez mayor, esta obra de poco más de una hora condensa la grandeza y humanidad de una figura irrepetible y seduce al espectador, le deja con ganas de más y ansioso por regresar a algunas de sus grandes películas —regresar, o descubrir, por qué no—, esas que cimentan una carrera única. Porque, no lo olvidemos, lo del cine también es precisión.
            Como las miradas, los silencios, los gestos y la voz del gran Alfredo Landa.

J.L. Ordóñez


miércoles, 9 de julio de 2025

Reseña de "El universo de Indiana Jones" (Notorious)

Siempre es agradable comprobar que quien se acerca a lo que has escrito aprecia y valora su contenido, y, además, lo expone de manera generosa y exquisita. Es lo que ha sucedido con "The Loot of Boba Fett", que hace unas semanas dejó estos comentarios sobre "El universo de Indiana Jones" (Notorious ediciones) por sus redes. Por aquí los recupero ahora. Y, de nuevo, muchas gracias. 







lunes, 22 de enero de 2024

Cuando acecha la maldad (Demián Rugna, 2023)

Hay películas que te cogen del cuello desde el principio y ya no te sueltan hasta el final. Esta es una de ellas. No se la pierdan y vayan a la sala de cine más cercana para sumergirse en esta historia de dos hermanos en el ámbito rural bajo una amenaza terrorífica. Prepárense. Es extraordinaria.



martes, 19 de diciembre de 2023

"Cuentas divinas" en la revista "Entorno Literario"

El número uno de la Revista de Letras y de las Artes del Libro, "Entorno Literario", recoge una breve reseña que escribí hace un tiempo sobre el multipremiado cortometraje "Cuentas divinas", dirigido por Eulàlia Ramón, escrito por María Zaragoza y protagonizado por Celia Freijeiro, Fele Martínez y Marina San José. Ahora que acaba de ser nominado al Premio Goya al Mejor Cortometraje, es un buen momento para recuperarlo. La revista, además, está editada con un cuidado literario admirable y recoge artículos y reseñas del mayor interés.


Por otro lado, el pasado sábado (16/12/23) tuvimos en "Gente de Andalucía" (Canal Sur Radio) a la propia María Zaragoza que, además de hablarnos del corto, nos presentó su más reciente obra: el libro de relatos "El infierno es una chica adolescente", ilustrado por AxMxAxLx y publicado por Minotauro, una joya en las distancias cortas editada con un gusto exquisito. Muy recomendable.  

https://www.canalsur.es/multimedia.html?id=1994414

https://editorialentornografico.es/tienda/entorno-literario-no-1-revista-de-letras-y-de-las-artes-del-libro/

jueves, 5 de octubre de 2023

Sobre "Cerrar los ojos" y "Golpe de suerte" (con spoilers)

 (con spoilers)
La nueva película de Víctor Erice, el cuarto largometraje de su carrera (el tercero de ficción), es un viaje apasionante que lleva al espectador de la desaparición misteriosa de un actor en pleno rodaje a la inesperada posibilidad de que el director de aquella película, que dejó inacabada por su ausencia, tenga opción de conocer qué le sucedió veinte años después.
            Todo esto va a conducir a un desenlace que, podríamos decir, muestra la magia del cine; no solo en la propia trama, por lo que provoca en los personajes, sino porque, por ejemplo, nos lleva al que quizá sea el mejor último plano de la historia del cine español: emotivo, significativo y de una extraordinaria belleza plástica. El rostro de Gardel, ese Jose Coronado envejecido, con la mirada acuosa clavada en la pantalla, viéndose a sí mismo en la película inacabada donde buscó y trajo ante otro padre a su hija perdida, es desde ya un momento memorable de la narrativa audiovisual; y todo esto, recordemos, al tiempo que Gardel tiene a su propia hija sentada al lado, Ana Torrent, esperando que él reaccione, que la reconozca, que también la encuentre, que escape a su falta de memoria, que esa escena de la película perdida que está siendo proyectada en la sala de cine provoque el hechizo y le haga ver quién es, rescatándolo del pozo del olvido en que lleva sumido tanto tiempo. Entonces, Gardel parece tener un momento de lucidez, ese mismo al que se refiere en una escena previa el personaje de Manolo Solo, que admite que, a veces, por un instante, sospecha que él lo reconoce.
            Cerrar los ojos conservando la memoria... abrir los ojos perdiéndola. El cine como elemento que va más allá de la ficción. La sala de cine como el quirófano imprescindible para curar al espectador de tanto contenido (ah, contenido, esa palabra delatora ya de sus propias intenciones...). La estructura como esqueleto vital para mantener erguida una historia y que camine con pasos certeros. El homenaje que va más allá del propio homenaje y da sentido y profundidad al personaje principal. Que en ese refugio costero, con el perfil de la población granadina de Castell de Ferro, Manolo Solo se arranque con los acordes de My rifle, my pony and me, emulando nada más y nada menos que a Dean Martin en Río Bravo, de Howard Hawks, es no solo un punto de luz más en esta brillante película, sino el conjuro capaz de emocionar a todo el que se embarque en este viaje, el mejor que ha dado el cine español en décadas.
            Golpe de suerte, la nueva película de Woody Allen, la número 50 de su prolífica carrera, es tan luminosa en su fotografía como nihilista y oscura en su temática: la suerte, por mucho que queramos negarlo, tiene una función determinante en nuestras vidas. Esta es la tesis que se elige y aplica a una situación y personajes que para cualquier seguidor del director neoyorquino será familiar: el triángulo amoroso.
            Aquí hay gente con dinero, hay escritores, hay bares y lugares bellos por los que los personajes pasean, hay cierto humor malsano (esos trenecitos de juguete), hay muerte... y sobre todo, hay talento para contar una historia sin coartadas morales. Así, la belleza plástica que genera Vittorio Storaro, mítico director de fotografía, se une y genera contraste con el talento de Allen para escribir y componer escenas memorables. El arranque por ejemplo, rodado en un plano secuencia que ya nos muestra uno de los temas, la casualidad: esa mujer joven y casada que en un paseo cotidiano por las calles de París se encuentra con un antiguo compañero de instituto que, secretamente, siempre estuvo enamorado de ella. No es difícil imaginar qué va a suceder a continuación.
            Uno tiene la sensación de que, a estas alturas, Woody Allen se puede permitir una mirada distante con su propia historia: nos la embellece al máximo, como si fuera una comedia romántica, y es en esa textura luminosa y saturada, propia de un París idealizado fotográficamente, donde se dispone a ofrecernos una mirada turbia hacia este triángulo amoroso. Pero ni siquiera lo turbio va acompañado de lo siniestro, en forma de música inquietante u oscuridad: aquí el mal y el bien transitan de la mano bajo el mismo sol, la misma música y la misma normalidad. Y es por esa normalidad, por muy terrorífica que sea, donde transita el azar, caprichoso e inevitable, capaz de provocar bifurcaciones inesperadas, como esa primera escena a la que hacíamos referencia, y dando lugar a consecuencias macabras: el asesinato y desaparición del joven escritor y la posterior trama donde parece que la madre de la protagonista va a correr la misma suerte... hasta que el azar, de nuevo, irrumpe con sus largas y afiladas garras.
            Pase lo que pase, el mundo sigue girando, el sol sigue saliendo y la luz se perfila hermosa sobre París. Al final queda la pasión, sin duda, aunque sea por las máquinas y vagones de un tren de juguete como disfrute de un adulto millonario. Aquí Allen nos ofrece su versión de ese tren con la forma de una película que normaliza el crimen y el azar a través de la belleza, quizá nuestro último consuelo: puede que haya muerte, pero eso no nos arrebata la luminosidad del mundo... al menos mientras el director de fotografía sea Vittorio Storaro.
            Para el espectador que ama el cine es un auténtico golpe de suerte encontrarse con las películas de estos dos maestros en salas de cine, porque a su conclusión dan ganas de cerrar los ojos y recrear en la cabeza las historias que acabas de disfrutar, pensar y reflexionar sobre ellas, lo que cuentan y cómo lo cuentan, historias creadas por octogenarios que desafían el paso del tiempo y siguen haciendo lo mismo que hace medio siglo: dignificar el cine, hacer de él un arte y provocar emoción y reflexión en el espectador. 


lunes, 14 de agosto de 2023

miércoles, 19 de abril de 2023

Nueva reseña sobre "El sintonizador"

Más de un año después de su publicación, "El sintonizador" (Algaida, 2022) continúa conectando con lectores y, en este caso, con Sergibooks, que acaba de publicar una reseña de la novela. Muchas gracias. Y por aquí la comparto:


BOOK-TRÁILER




domingo, 13 de marzo de 2022

EL MUNDO ES VUESTRO (2022, Alfonso Sánchez)

 

Hay una sensación maravillosa que, a veces, se produce en el interior de una sala de cine, y es cuando el metraje de la película comienza a proyectarse sobre la gran pantalla y, tras sus primeros minutos, descubres que no te has equivocado, que has elegido sabiamente entre la diversa oferta audiovisual. En realidad, esto no deja de ser una reformulación de lo que ya afirmaba el productor y director de cine estadounidense Cecil B. DeMille cuando decía eso de que una película debía empezar con un terremoto y después ir hacia arriba, entendiendo que ese terremoto pueda ser un personaje interesante, una escena potente, una situación memorable, un diálogo eléctrico, un anticipo inteligente de lo que está por venir... algo que, en definitiva, capte nuestro interés como espectadores; y no necesariamente, como vemos, el tipo de terremotos con los que suelen empezar las películas de James Bond, Indiana Jones o la saga "Misión imposible".

            Esa es la misma sensación que uno tiene con los primeros minutos de "El mundo es vuestro", la nueva película de Alfonso Sánchez que, a lo largo de su poco más de hora y media de duración, retoma personajes de sobra conocidos (esos compadres a los que el propio Sánchez y Alberto López dan vida con la naturalidad y frescura habituales), añade otros nuevos al reparto y algunos más que, siéndolo, son, sin embargo, muy, muy familiares. El gran acierto de este prólogo reside en la contención, la subversión de roles y expectativas, y, claro, en la extraña empatía entre el protagonista y el agente al que da vida un brillante Antonio de la Torre. Este es, pues, el excelente punto de partida que después nos conduce al espacio donde se va a desarrollar la práctica totalidad del metraje, en lo que parece una concurrida hacienda donde se reúnen lo más poderoso, tradicional, revolucionario y casposo del país, y donde surgirán oportunidades de negocios con grandes inversores detrás; lo de la ocupación de la España vaciada, con China de por medio, antológico, así como esa cacería absolutamente memorable en la que los políticos charlan de sus cosas... cosas que, en el fondo son las nuestras... pero que siempre, como comprobamos, serán solo suyas.

            Así, la política está presente de una manera corrosiva e inteligente, crítica y lúdica, con un sano espíritu de repartir a diestro y siniestro, lo que haría de esta una película muy recomendable para ser proyectado en el Congreso de los Diputados; creo que todos pagaríamos por ver las reacciones de sus señorías mientras, camufladas en la sana oscuridad de una buena sala de cine, contemplan figuras similares a las suyas en conversaciones que, probablemente, de un modo u otro, resuenen en sus cabezas.

            Pero más presente, y con el eco aún cercano del centenario de su nacimiento celebrado en 2021, es el espíritu del mítico director de cine Luis García Berlanga, para nada disimulado (¿por qué habría de serlo?), y que aquí se muestra ágil y, por momentos, exuberante, con planos secuencia que son auténticos tour de force y provocan admiración desde el lado de la contemplación objetiva y analítica, y honesta diversión desde la butaca del espectador. Hay otros referentes obvios que se adaptan a nuestra propia situación como país en estos tiempos: ahí están, para su disfrute, momentos muy Monty Python y guiños claros al cine de Quentin Tarantino o al propio spaguetti wéstern.

            He leído, o tal vez escuchado, que esta película está diseñada para cerrar una denominada trilogía del enterismo que comenzó con "El mundo es nuestro" (2012), continuó con "El mundo es suyo" (2018) y ahora parece concluir. Tal vez sea esa la intención, pero el cine es imagen y la imagen no miente; después de todo, no se cierra la historia con los héroes alejándose, cabalgando hacia la puesta de sol, como final bello y definitivo a una historia (aunque tampoco del todo concluyente... ¿acaso no recuerdan el último plano de "Indiana Jones y la última cruzada"?). Aquí los personajes principales no se alejan del espectador, sino que se acercan, caminan hacia la cámara (o hacia la pantalla), y se acercan tanto que acaban sobrepasándola, dejándonos sin ver hacia dónde van pero también con ganas de girar la cabeza y seguir con la mirada el destino de su próxima aventura.

            "El mundo es vuestro" es una muestra de cine con clara vocación comercial, que busca la comedia desde diferentes ángulos y se apoya en el trabajo actoral donde, más allá de unos protagonistas que ya conocemos y con los que disfrutamos, brillan esos secundarios (siempre tan imprescindibles) que, ya sea con mayor o menor presencia en pantalla, aparecen dibujados con cariño y como parte fundamental de esta película (deslumbran, particularmente, Carmen Canivell, Teresa Arbolí o Carlos Olalla, por citar tres), una obra que encuentra con facilidad algo tan difícil como el tono adecuado (gracias, por ejemplo, a la música de Juan Cantón o la fotografía de Alejandro Espadero) y que es muchas más cosas, pero, sobre todo, una muestra de buen cine, a contracorriente, osado y cinéfilo, una tormenta perfecta de Berlanga, los Monty Python y Tarantino en la España de 2022.

martes, 11 de mayo de 2021

Those who wish me dead (Taylor Sheridan, 2021)

Hay películas que no acaban de funcionar aunque parecen tener todos los elementos para ello: a veces puede ser una cuestión de guion, de montaje o, incluso, de duración. Todo esto parece suceder en "Aquellos que desean mi muerte", nueva película de Taylor Sheridan: la historia se hubiera beneficiado de una extensión mayor (quizá una miniserie para HBO), y así, por ejemplo, desarrollar personajes que apenas aparecen apuntados, como esos dos asesinos que encarnan Aidan Gillen y Nicholas Hault; el montaje en la primera parte de la película es apresurado, donde se suceden las acciones de manera demasiado evidente y previsible; y el guion carece de sutilidad, no permite que las potentes imágenes de los paisajes naturales (tan características del cine de Sheridan) hablen por sí mismas. Del resto de secundarios, salvo alguna excepción, indicar que pasan por el metraje sin tiempo de aportar otra cosa que no sea mera funcionalidad. Angelina Jolie cumple como protagonista de una película fallida, sí, pero muy interesante de ver, de analizar, con alguna secuencia magnífica, como el asalto de los dos asesinos a la casa de la pareja que forman Medina Senghore y Jon Bernthal. Taylor Sheridan es autor de guiones estupendos ("Comanchería", "Sicario") y ha dirigido películas magníficas ("Wind River"), donde la naturaleza cobra siempre protagonismo, una naturaleza que no tiene piedad con buenos ni malos, purificadora pero implacable. En algún lugar de "Aquellos que desean mi muerte" había una gran película que, intuyo, ha quedado oculta por el humo y las llamas de algún fuego creativo y/o de producción también implacable.

viernes, 12 de febrero de 2021

La ley de la calle (Francis Ford Coppola, 1983)

Nubes. Aceleradas. Menciones a “The Motorcycle Boy Reigns”. Y después entras en un bar junto a Lawrence Fishbourne (aquí todavía Larry). Allí juega al billar Matt Dillon (el Matt Dillon de 1983), y junto a él van apareciendo, progresivamente, un Nicolas Cage con tupé a lo Elvis y uno de los hermanos Penn (el de “Reservoir Dogs”, no el ex de Charlize Theron). El camarero, ojo, Tom Waits (con algún momento de gloria, habría que señalar). Todos del glorioso año 1983. Y todo, absolutamente todo, en aún más glorioso blanco y negro. ¿No es bastante? No hay problema, porque aún falta lo mejor, claro, porque aún falta que aparezca el mismísimo The Motorcycle Boy: un místico y épico Mickey Rourke, entonces en su mejor época (en la década que nos trajo las también maravillosas “Year of the Dragon” y “Angel’s Heart”). Esta película de Coppola es una exhibición de talento (con esos ángulos expresivos reforzados por el blanco y negro), amor al cine como medio para contar una historia (una variedad en la planificación que va de planos fijos, planos con cámara al hombro, primerísimos planos, traveling, uso del blanco y negro y el color, etc.; y, lo más importante, todo justificado) y el deseo de contar de manera personal una obra de otra autora (S. E. Hinton). ¿La banda sonora? De un tal Stewart Copeland (¿recuerdan The Police?). Añadan a ese reparto a Diane Lane (la chica, claro) y un breve (pero brillante) Dennis Hopper como el padre (muy borracho) de esos dos hermanos (escena memorable de reencuentro, por cierto, entre patética y entrañable, de esa familia desestructurada). Todo en “La ley de la calle” (“Rumble Fish”, en el original) es mágico: es cine de talento, personal, universal y, casi me atrevería a decir, irrepetible. Antes de fundir a negro, la película nos ofrece un bellísimo plano fijo y, superpuesto, aparece el crédito del director, Francis Ford Coppola, que se la dedica a su hermano mayor; otros parientes aparecen en producción, en el reparto vemos al sobrino de secundario (Nicolas Cage) y a la propia hija (Sofia Coppola, de niña). La familia, como siempre, que diría el mismísimo Vito Corleone. Y, como sucede con cierta frecuencia en la obra de Coppola, magistral esta "Rumble Fish". Larga vida al chico de la moto.





 

viernes, 5 de junio de 2020

Póker de CINE (8)


Hay películas que no son películas; o, mejor dicho, son películas que recogen un trozo de de vida de la mejor manera posible: plagadas de verosimilitud. Es lo que hace "El amigo de mi hermana", una obra que comienza de manera más o menos convencional, pero que rápidamente te atrapa por su guion, sus actores y la maravillosa forma de dirigirlos de Lynn Shelton. Inteligente, romántica, lúcida, ingeniosa y con humor, esta es una historia que te recuerda que el talento no necesita de un presupuesto astronómico (ni siquiera mediano... o pequeño), sino de la propia habilidad y entusiasmo de sus creadores. Lo mejor del cine indie americano que recuerdo haber visto en años.


No todo va a ser Clouzot, Berlanga y Ford; "WYRMWOOD: la carretera de los muertos", dirigida por Kiah Roache-Turner, es una vibrante película australiana de ritmo frenético, bañada en humor y sangre, y que, además, cuenta con un Mad Doctor capaz de conseguir logros impensables. Imagino que cuando se vio en el Midnight X-Treme de Sitges en 2014 provocaría atronadores aplausos y sonoras carcajadas. Muy divertida. 

                                                

Menudo thriller turbio y potente se han marcado desde Francia, con dos actores tan opuestos como aquí perfectos en sus roles: Vincent Cassel haciendo de alcohólico y amoral inspector, y Romain Duris de apocado profesor con manifiesta curiosidad para comentar las tragedias que suceden en su edificio. Película tenebrosa que, hábilmente, permite respirar a los personajes, con un guion que se reserva algún as en la manga y una dirección sobria que, lejos de restar poder a la trama, la refuerza hasta dejar huella una vez vista. Parece difícil imaginar a cualquier otro en el papel de Cassel, pero fue el último en llegar a la fiesta: Gerard Depardieu era el elegido, pero su hospitalización le obligó a abandonar la película.


Es difícil resistirse al encanto de una película como "La leyenda de la casa del infierno" y su atractiva propuesta: un grupo de especialistas va a una siniestra mansión para demostrar la existencia del Más Allá. Recordemos, además, que la novela en la que se basa es del gran Richard Matheson (también en labores de guionista) y que esta es probablemente la mejor película de su director, John Hough, aquí particularmente empeñado en usar (casi siempre con acierto) unos angulares capaces de deformar la realidad hasta un punto ciertamente inquietante, pero adecuado dada la temática de la historia. A destacar en el reparto, Clive Revill como el doctor Barrett, Roddy McDowall como Fisher, el médium físico, y Pamela Franklin como la médium psíquica. Así pues, prepárense para un viaje de casas encantadas y fantasmas, con un cameo final que agradecerán los seguidores de "Horror of Dracula", la obra maestra de Terence Fisher.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Póker de CINE (7)


Desde el inusual planteamiento, uno se da cuenta de que está viendo una película potente que también sorprende en su desarrollo y, por supuesto, desenlace; incluso, con ese joven alumno aventajado que cierra la película, con la habilidad de comunicarse con, digamos, distintos perfiles del más allá. Cautivadora, tanto como la mirada de Simon Signoret, y apasionante hasta su clímax final, que, imagino, en 1955 provocaría verdadero terror. Hoy lo sigue evocando. Gran Clouzot.


Quizá le sobre metraje, quizá sea una película fuera de su época y quizá sea el aviso de que a Wilder le quedaban pocas balas en la recámara (tres, sin ir más lejos); pero me parecen una delicia sus casi dos horas y media de duración, la veo tan vigente entonces como hoy (¿acaso el talento tiene fecha de caducidad?) y, sí, solo quedaban tres películas en la filmografía de Billy Wilder, la siguiente a esta la gran "Primera plana" (¿hay más preguntas, señoría?). Jack Lemmon tiene uno de esos papeles que parece nacido para interpretar (ganó el Globo de Oro), y los diálogos y escenas de Wilder/Diamond, sobre la obra de Samuel A. Taylor, brillan. No me olvido de ese director de hotel con solución para todo (y familia que le ayude), Clive Revill, y, claro, Juliet Mills, también nominada al Globo de Oro por esta magnífica película. Y para la Historia del Cine queda la traducción del título que se hizo en nuestro país: del original y escueto "Avanti!" pasó a llamarse "¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?". El infinito ingenio de los distribuidores de la época.


Angustiosa, claustrofóbica, tensa, brillante y única, "El salario del miedo" da, básicamente, miedo de lo buena que es: ese arranque que te hace sentir el calor y la miseria de los personajes (en español, francés e inglés, como se puede apreciar en la versión original), el trayecto mortal en esos dos camiones durante el tramo principal de la película, la inquietante evolución de los personajes, el desenlace, con la música de Johan Strauss de fondo, tan espeluznante como inolvidable. Obra maestra de H.G. Clouzot, con unos magníficos Yves Montand y Charles Vanel encabezando el reparto, que se llevó la Palma de Oro en el Festival de Cannes del año 53. 


Menuda dirección se marca John Frankenheimer en "Plan diabólico" (mucho más interesante, y con mayor carga, su título en el original, "Seconds"): la primera media hora te agarra del cuello a través de una (espectacular) fotografía en blanco y negro y nos pone en las suelas de ese protagonista que recibe la llamada de un amigo muerto. Decir más, sería un crimen. Pero no me resisto a comentar algunas cosas: la secuencia de los títulos iniciales corre a cargo de un tal Saul Bass, la banda sonora está compuesta por un tal Jerry Goldsmith y está protagonizada por un señor llamado Rock Hudson, aquí a años luz de aquellas comedias con Doris Day, y que, por cierto, no aparece en pantalla hasta superados los treinta minutos de proyección. Turbia, siniestra, terrorífica y con breve papel para Murray Hamilton, que una década después interpretaría al odioso alcalde de Amity Island en "Tiburón". Estuvo entre las candidatas a Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1966. Magnífica.

domingo, 3 de mayo de 2020

Póker de CINE (6)


De esas películas que hoy no se podrían hacer, y que sería muy difícil adaptar al momento actual. Hay muchas cosas apasionantes en "El carnicero", de Claude Chabrol, pero me quedo con el personaje de la maestra de escuela y sus decisiones (o no decisiones), y el tramo final, donde uno comprueba lo maravilloso de lo inesperado y que, en realidad, no ha estado viendo en ningún caso cine de terror (aunque haya algún momento realmente terrorífico). La cotidianidad del pequeño pueblo, la boda con la que arranca la historia (de una realidad que parece perdida en el cine), los paseos y charlas en plano secuencia y, cómo no, ese carnicero diestro en su oficio (y con cierta afición por perfeccionarlo en su tiempo libre) hacen de esta película, aparentemente pequeña, una auténtica joya. Y, antológico y memorable, ese BESO de Stéphane Audran a su carnicero. Como sus interpretaciones.


Una bestialidad que queda perfectamente definida en su primer plano, una vista panorámica de 360 grados: asfixiante, despiadada, pesadillesca, inevitable. Qué películas se marcaban en los 70. Donald Pleasance tiene poco metraje, pero espectacular. La caza de canguros, sobrecogedora. Ese universo descrito en "Despertar en el infierno", terrorífico. Si se atreven, búsquenla.


Mel Gibson es un hábil y certero director, como ha demostrado en trabajos previos y posteriores, pero me quedo con "Apocalypto", su mejor película, una vibrante aventura que te atrapa y casi ni te permite pestañear, al tiempo que ofrece imágenes que forman un juego de espejos que llega a su cúspide en el tramo final, donde hay cierto plano, revelador, entre sorprendente e inquietante (alucinógeno, imagino, para los personajes de la película) que es para levantarse y aplaudir... al tiempo que hace tragar saliva al espectador. Magnífica.


Se podrían comentar muchas cosas de "Los ojos sin rostro" -cómo se mueve entre el drama, el terror o el thriller, por ejemplo-, pero me quedo con dos aspectos que me parecen extraordinarios: el plano final, lleno de poesía, que le da un sentido aún mayor a todo lo que hemos visto anteriormente, y la estupenda banda sonora de Maurice Jarre, desde ese arranque donde vemos a Alida Valli conduciendo el coche para transportar cierta mercancía macabra. Magnífica. 



viernes, 17 de abril de 2020

Póker de CINE (5)


Me gustan las películas donde los personajes están vivos; es decir, donde la historia y el director permiten que se desenvuelvan en pantalla como si cada uno de ellos fuese real. Esto, claro, da lugar a largas escenas donde los personajes aparentemente no hacen nada importante... pero en realidad lo hacen (y dicen) todo. Es el acaso de "Dragged across concrete", el nuevo peliculón que se ha marcado S. Craig Zahler (y digo nuevo, porque sus dos anteriores largos son "Brawl in cell block 99" y "Bone Tomahawk"), en este caso con un cast encabezado por unos sólidos Mel Gibson, Vince Vaughn y Tory Kittles, pero también con apariciones estelares de Don Johnson, Laurie Holden, Udo Kier, Thomas Kretchsmann o Jennifer Carpenter (espectacular lo que hace este actriz en muy poco metraje). Policíaco seco, duro, despiadado, violento y con algo de humor malsano (ese gore inconfundible, marca de la casa), la película te atrapa por el tratamiento pausado de los personajes, la exploración en sus motivaciones y la continua sensación de que cada escena importa, cada línea de diálogo, cada fotograma. Decía al comenzar estas breves líneas que era la "nueva" película de Craig Zahler, pero en realidad es del año 2018, estuvo en los festivales de Venecia y Sitges y, sorpresa, no se llegó a estrenar en nuestro país ni distribuir en DVD o Blu-Ray. Inexplicable. Magnífica película.


Es obvio señalar el hecho de que aunque una película tenga como fecha de producción el año 1942 (o anterior) no tiene por qué equivaler a una obra anacrónica, anticuada o aburrida; al contrario, puede ser vibrante, moderna (en el mejor sentido posible) e ingeniosa. Es el caso de "El asesino vive en el 21", largometraje francés dirigido por H.G. Clouzot, en glorioso blanco y negro, y con innegable inventiva visual y frenético ritmo en sus hábiles diálogos. Planteado como un "whodunit", tenemos, pues, que averiguar la identidad del responsable de una serie de asesinatos que, además, tiene el descaro de dejar una tarjeta de visita sobre sus víctimas. Ir más allá en el comentario sobre su resolución sería entrar en el terreno fangoso y temido del spoiler; baste señalar que tanto la parte investigadora como la culpable se desenvuelven, ante todo, con admirable elegancia y educación. Magnífica película de la que me quedo con el primer crimen que vemos en pantalla, un inquietante plano subjetivo de alguien que avanza, inexorable, hasta que finalmente acaba por completar esa ejecución macabra. 


Cumple con las reglas de una película de este tipo: plantea un prólogo impactante con alguna relación con la trama principal, nos ofrece una presentación de los personajes principales en un ambiente seguro, sin pérdida de tiempo entramos en esa excursión que será el centro de la historia y, una vez alcanzado el destino previsto, en el tablero principal de la película, empiezan a pasar cosas malas, originales y espeluznantes... hasta llegar a un final con epílogo que prolonga la historia. "Las ruinas", dirigida por Carter Smith, y con guion de Scott B. Smith (basado en su propia novela, también muy entretenida y con mayor espacio para comprender mejor a los personajes), es un largometraje bien ejecutado, angustioso cuando tiene que serlo, y con un par de momentos que lo sitúan por encima de la media. Por cierto, Scott B. Smith también es el guionista (también basado en su propia novela) de la mejor película de Sam Raimi: la magistral "Un plan sencillo". Si quieren comprobar lo saludable que es, en estas semanas de confinamiento, permanecer en nuestras casas, pueden ver lo que les sucede a los chicos viajeros de "Las ruinas".


Hay varias cosas que podemos concluir después de ver "Terror ciego" (UK, 1971): primero, que Mia Farrow en esa época era capaz de seducir e hipnotizar a la cámara como pocos, y soportar sobre sus hombros el peso de una película; segundo, que Richard Fleischer es mucho mejor director de lo que se suele comentar (aparte de sus obras más conocidas, como "Los vikingos" o "20.000 leguas de viajo submarino", tiene otras magníficas en su extensa filmografía); y tercero, que Elmer Bernstein se luce en la estupenda banda sonora desde su inicio, cuando seguimos las botas de cowboy de ese despiadado asesino (y esto le permite componer una música que, por momentos, nos lleva al mundo del wéstern). Estupenda película a la que es mejor entrar sin saber nada.