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miércoles, 18 de octubre de 2023

Cine, libros, radio

Más de diez años separan estas fotos: en la de la izquierda estoy en el "Overlook Hotel", gracias al Festival de Sitges (2010, tal vez), acreditado por Canal Sur Radio para hablar del mejor cine; en la derecha, hace unos días, hablando en "Gente de Andalucía" (CS Radio) de la presencia andaluza en la edición de este año del Festival... pero también del pase del US CUT de The SHINING, una de las obras maestras de Kubrick. Los años pasan, pero los referentes permanecen (cine, libros, Sitges, El Resplandor, radio, terror, Kubrick, King...)


https://www.canalsur.es/multimedia.html?id=1973708 (14/10/2023)

viernes, 8 de marzo de 2019

Día de la MUJER y CINE


Hoy es VIERNES, Día Internacional de la Mujer, y también día de estrenos cinematográficos en salas. Ayer lo contábamos en el programa "El público" (Canal Sur Radio) con José Guerrero "Yuyu" y su equipo. "Capitana Marvel" ha encontrado el fin de semana ideal para arrastrar a los millones de fans de estas adaptaciones de cómic a la gran pantalla, al tiempo que Clint Eastwood, que ya cuenta casi con noventa años a sus espaldas, estrena "Mula", donde además de dirigir y producir, se vuelve a poner delante de las cámaras; y, frente a estos dos pesos pesados, hay que valorar el arrojo y la valentía de "70 binladens", thriller español de Koldo Serra que viene dispuesto a plantar cara y desafiar a los masivos estrenos del cine americano. También hablamos de diferentes noticias y curiosidades en el ámbito cinematográfico, recomendaciones (entre ellas, la magnífica "Tu hijo", rodada en Sevilla, dirigida por Miguel Ángel Vivas y con guion del propio director y Alberto Marini), las diferencias de opinión entre Steven Spielberg y Netflix, y recordamos a grandes directoras y productoras de cine internacional, nacional y andaluz, y también a la Asociación Andaluza de Mujeres de los Medios Audiovisuales (AAMMAA). Aquí tienen los veinticinco minutos de fotogramas radiofónicos del programa de ayer, que incluyen un breve homenaje al gran Stanley Kubrick.


jueves, 25 de octubre de 2012

PELÍCULAS para HALLOWEEN (I)




Se acerca Halloween, esa fecha del calendario destinada a que disfrutemos con inquietantes películas de terror que produzcan zozobra en nuestro interior y nos aproximen al acantilado de la locura… al menos lo suficientemente cerca como para sentir un estremecedor vértigo que desemboque en esa sensación ancestral y apasionante que es el miedo. Y con la excusa de esta fiesta importada, que cada vez tiene una mayor presencia en nuestra cultura, es momento ahora de recordar brevemente grandiosas películas que ha dado el género a lo largo de los años.



EL RESPLANDOR (Stanley Kubrick, 1980)

Dos maestros unidos por una misma historia, creativamente irreconciliables pero brillantes ambos, uno en el cine y otro en la literatura, Stanley Kubrick y Stephen King unían fuerzas (es un decir, porque King siempre ha renegado de la visión del cineasta neoyorquino, molesto tal vez por el hecho de que le mantuviera al margen del guión y la producción de la película, con un resultado final alejado de lo que el de Maine había imaginado) para crear una de las más espectaculares y originales obras de terror, a lo que no es ajena una de las interpretaciones más histriónicas y sublimes de la historia del cine, porque hablar de “El Resplandor” es hablar de un Jack Nicholson desquiciado, pegándose cabezazos con las esquinas de la locura, abriéndolas y riéndose abiertamente ante ella, humillándola y empequeñeciéndola, dejando a la platea entre sorprendida y aterrada. Nicholson juega fuerte con el beneplácito de Kubrick y entre ambos consiguen la hazaña de crear algo nuevo, algo nunca visto antes en una pantalla de cine, y es ver a la propia locura electrificando un cuerpo humano, agitándolo y moviéndolo como nunca hemos presenciado, diciendo cosas tremebundas que al mismo tiempo están plagadas de un extraño y enfermizo humor negro, algo que nos retrotrae al Kubrick de los inicios, donde también dejaba pinceladas de ese humor oscuro en obras maestras como “Senderos de Gloria” o “Teléfono Rojo”.



Y pocas veces se ha visto el espectador tan vulnerable como en los pasillos del Overlook Hotel, siguiendo al pequeño Danny en su recorrido inocente por una laberíntica estructura (que después se repetirá en el jardín exterior), con ese encuentro con las gemelas que ya forma parte del imaginario terrorífico de varias generaciones. Finalmente, no olvidemos a Shelley Duvall, una actriz que sin duda ha quedado marcada por su rostro de horror, de angustia, de impotencia por la terrible soledad en la que se encuentra, si poder recurrir a nadie cuando los problemas empiezan a rasgar la integridad de la familia.



Así, con un estilo limpio, simétrico, cerebral, majestuoso e innovador que Kubrick  pone al servicio de un guión elaborado por él mismo y la escritora Diane Johnson —y que va de la libertad y serenidad que sugieren los planos aéreos iniciales a la opresión e inquietud cada vez más asfixiante conforme nos vamos aproximando al final—, se da una nueva dimensión al término de "película con casa de fantasmas", creando una de las más sobrecogedoras muestras de cine de género jamás realizadas (y, por cierto, todavía no sé si Nicholson da más miedo en el film o en las fotografías de rodaje).



TO BE CONTINUED…

©José Luis Ordóñez (texto), octubre 2012



viernes, 9 de septiembre de 2011

Del encuentro entre Alex DeLarge y Don Lockwood

SK:      Cut! This is not working!
          (Y, ahora, imaginemos que gracias a un invisible y prodigioso artefacto pasamos del inglés al castellano durante el resto de la secuencia)
SK:      No… ¡no funciona!
MM:    Vaya… ¿Cambio algo, Stan?
SK:      ¡Mierda de escena!
MM:    Tal vez… tal vez iría bien… no sé… ¿más intensidad?
SK:      ¿Más qué? No, no...
MM:    ¿No?
SK:      ¡Mierda!
MM:    Si me dices qué puedo hacer…
SK:      ¡Esto no funciona!
            (Malcom sofoca una mueca de frustración)
SK:      ¿Preparados? ¡Vamos a rodar otra!
MM:    Oye… ¿la hago igual entonces?
SK:      ¿Luces? ¿Sonido?
MM:    Oye, Stan, en serio, puedo cambiar algo… puedo cambiar lo que quieras. Lo que tú me digas.
SK:      ¿Cámara?
MM:    Joder… dime algo, por favor… qué hago, qué cambio, qué…
            (Malcom hace un leve gesto de resignación, parecido a un extraño e indefendible paso de baile, que no pasa desapercibido)
SK:      ¡Oye!
KK:     ¿Sí?
SK:      Una cosa, Malcom, tú… ¿tú sabes bailar? ¡No, espera! ¿Sabes… sabes cantar?
            (Malcom sonríe; está cansado, llevan horas con la misma escena)
MM:    Claro, Stan. Puedo cantar y bailar lo que tú quieras.
SK:      ¿Y… y qué canción te sabes?  
         

Dicen las lenguas viperinas que tras el impacto de La naranja mecánica, Malcom McDowell tuvo oportunidad de visitar la soleada de California (un oasis para cualquier británico acostumbrado al clima oscuro y lluvioso de las islas, más propicio para leer un Dickens o visitar el pub de la esquina que para dar largos paseos al aire libre), donde padeció un áspero encuentro con Gene Kelly en una fiesta de esas tan habituales y atractivas que tienen lugar en el mundo hollywoodiense exportado por los medios, plena de risas, abrazos y buenas intenciones.
        Pero ubiquémonos: hablamos de los setenta, una década prodigiosa y reivindicable en lo cinematográfico, donde al mismo tiempo que George Roy Hill era capaz de rodar El golpe con las dos estrellas más grandes del momento y filmarlas sin ejercer más atención sobre ellas que la necesitada por la historia, John Carpenter se permitía fulminar a una niña de un tiro a sangre fría en el arranque de ese memorable western urbano llamado Asalto a la comisaría del distrito número trece; es la época donde se hicieron obras maestras tan diferentes y sugestivas como El exorcista, Tiburón o Taxidriver.
                Y, por supuesto, La naranja mecánica.
            Pues ahí tenemos a nuestro amigo Malcom, recién llegado a Hollywood, con la resaca de haber grabado con un Kubrick que ya era sinónimo de prestigio, en esa fiesta llena de estrellas, ejecutivos y demás especímenes de la jungla del espectáculo, ansiosos por conocer a la última sensación del momento, que no es otro que ese británico que ha interpretado a Alex DeLarge, el personaje protagónico de la novela de Anthony Burgess que, filtrado por Kubrick, ha sorprendido, estremecido y divertido a partes iguales. Y todo eso con un look de beatle extraviado, con los objetivos vitales centrados en Beethoven, la violación y la ultraviolencia.
                Entonces, alguien le pregunta al recién llegado, en voz baja, casi susurrando, si le apetece conocer a Gene Kelly.
              ¡Levando anclas! ¡Los tres mosqueteros! ¡Un americano en París!, debió de pensar Malcom, con ganas de estrechar la mano a una de las estrellas del Hollywood dorado; finalmente, después de ser guiado entre el laberinto de invitados, llega hasta un señor que se encuentra de espaldas… y todo parece indicar que se trata del Don Lockwood de Cantando bajo la lluvia.
              Imagino a Malcom, henchido de satisfacción, esbozando esa sonrisa demoníaca y prodigiosa —la misma que exprimió con magníficos resultados en la película de Kubrick—, alargando el brazo y dejando que sus dedos toquen de manera saltarina en el hombro del mítico bailarín. Imagino el giro en la cabeza de Gene Kelly, sorprendido y aún sin saber quién lo llama de manera tan informal. E imagino el tránsito de su rostro desde la risa jovial y amistosa del desconocimiento hasta llegar al perturbador y áspero gesto de reconocer a Malcom McDowell.
                No hubo risas, ni abrazos ni buenas intenciones en ese efímero encuentro.
          Gene Kelly no se sentía cómodo con la presencia de ese joven que le había dado un sentido radicalmente diferente a la canción que él se había encargado de llevar a sus cotas máximas de popularidad con el musical de 1952. En tan sólo veinte años el mítico tema de Singin’ in the rain había pasado de representar la felicidad limpia y pura (eran los cincuenta, no lo olvidemos), armoniosa, capaz de amortiguar y diluir el chaparrón más copioso de la historia, a representar el lúcido despertar a la maldad de un individuo que no es mucho peor que la sociedad en la que vive, actuando así como espejo crítico, desesperanzado, oscuro y pesimista, y, aun así, tratado por Kubrick con una jovialidad, frescura y plasticidad que sin duda descolocó a la crítica y el público.
                Y a Kelly, no lo olvidemos.
               Por mi parte, no puedo imaginar La naranja mecánica sin la mítica Singin’ in the rain, con la voz suave de Gene Kelly cantando a la alegría (para Alex, el gozo de poder lanzarse de nuevo a cometer fechorías), funcionando como un perfecto mecanismo narrativo en la película de Kubrick, jugando al contraste excesivo pero brillante, lo que nos recuerda la importancia de que —como hemos visto en la secuencia donde se originó todo— la inspiración nos pille trabajando, y que eso haga que por fin encontremos el eslabón perdido capaz de activar de manera expresiva y artística lo que antes sólo nos parecía un oscuro y enfermizo borrón sin arreglo aparente… y que así podamos exclamar, altivos y orgullosos, igual que Alex DeLarge: “I was cured, all right!”

   
 ©José Luis Ordóñez (texto), septiembre 2011

lunes, 5 de septiembre de 2011

Jim Thompson

El genial escritor norteamericano colaboró con Stanley Kubrick en dos de sus mejores películas (aunque es difícil que esta afirmación no se resquebraje teniendo en cuenta la filmografía del megalómano director de la mítica 2001), en las que aún no se había hecho un nombre en la industria ni había adquirido el prestigio y poder casi ilimitado que en el futuro le permitiría una libertad absoluta en sus films. Sin embargo, en esas dos joyas donde ambos tuvieron ocasión de colaborar, se adivina o se intuye la mano de Thompson en los afilados y precisos diálogos, como en esa pieza maestra del cine negro que es Atraco perfecto (1956), de una modernidad en su ejecución y desarrollo que parece adelantarse a su tiempo, con un brillante Sterling Hayden, retrato perfecto del líder criminal, duro y áspero, exportado por Hollywood, abocado, cómo no, a ese final espectacular, inevitable y capaz de perdurar en las retinas. Pero si magnífica es esta aproximación al noir (que mantiene más de un punto de conexión con La jungla de asfalto, de John Huston), no lo es menos al género bélico con Senderos de gloria (1957), película que ha encontrado su acomodo con el paso de los años hasta convertirse en referencia de estudiosos y cineastas, ejemplo de antibelicismo, ofreciéndonos secuencias deslumbrantes que hoy día siguen ejerciendo su carácter hipnótico (cómo olvidar esos paseos de Kirk Douglas en las trincheras).
            Recuerdo ver ambas películas por primera vez en compañía de mi padre en el ya extinto cine Corona Center, oasis del cine clásico en versión original subtitulada, y con especial énfasis Senderos de gloria, porque supuso su estreno en España después de años de sufrir la censura y, a renglón seguido, una inexplicable atrofiada sensibilidad cinéfila que finalmente llegó a su fin con su esperado estreno en 1986. Me sorprendió entonces su fotografía en blanco y negro, sus diálogos, la estructura, la contenida y memorable interpretación de Kirk Douglas (productor del film, y, según él mismo afirmaba, verdadero responsable de que nos llegara el magnífico y duro desenlace, alejado de una primera versión más suave y apta para todos los públicos), y, por supuesto, los últimos minutos de metraje, conmovedores, inusuales, brillantes.
            Pero volvamos a Jim Thompson. No es un escritor que le dedique una atención especial al estilo. Ni falta que hace. Apunta a las tripas y te remueve por dentro. Te llega al alma. Supongo que eso hizo a Kubrick (al que se le suele acusar a menudo de ser demasiado frío en sus obras) contar con él en dos ocasiones. Imprescindibles dentro de su literatura: 1280 almas (novela fascinante desde sus primeras páginas) y El asesino dentro de mí (de la que tuvimos hace poco una magnífica adaptación por parte del inclasificable Michael Winterbottom).
            Alma y cerebro, cerebro y alma, fusionaron sus talentos para crear dos obras memorables que dignifican el séptimo arte y han quedado como monumentos inmortales, a menudo nombrados y citados en libros y documentales, y que sin duda funcionan como una descarga eléctrica, creativa y estimulante en nuestra concepción artística y un puñetazo despiadado a nuestro estómago, haciéndonos así reflexionar sobre lo que es el ser humano, lo que ha sido y lo que puede llegar a ser.















©José Luis Ordóñez (texto), septiembre 2011