Mostrando entradas con la etiqueta películas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta películas. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de diciembre de 2024

Las mejores películas de 2024

Es época de listas, de recopilar lo mejor que se ha visto a lo largo de 2024 (además de las que se citan, no podemos olvidar las igualmente brillantes "La tierra prometida", "Cuando la maldad acecha" o "Perfect days", por ejemplo, con las que podríamos redondear un TOP 10), y aquí va la nuestra, con las mejores siete películas que hemos tenido ocasión de ver en este año que ahora concluye:

https://www.canalsur.es/multimedia.html?id=2117076

Además, teniendo en cuenta que ayer fue día 28 de diciembre, elaboramos una noticia que, aunque se trataba de una pequeña broma, es ciertamente deseada, e implicaba a numerosos profesionales del audiovisual andaluz, como José Ortuño, Laura Alvea, Miguel Olid, Jesús Ponce, Pablo Cervantes, Alfonso Sánchez, Alberto López, Víctor Clavijo, Juan Vinuesa, Paz Vega... o incluso Antonio Banderas, entre otros. 

https://www.canalsur.es/multimedia.html?id=2117073 

Felices fiestas para tod@s.

jueves, 5 de octubre de 2023

Sobre "Cerrar los ojos" y "Golpe de suerte" (con spoilers)

 (con spoilers)
La nueva película de Víctor Erice, el cuarto largometraje de su carrera (el tercero de ficción), es un viaje apasionante que lleva al espectador de la desaparición misteriosa de un actor en pleno rodaje a la inesperada posibilidad de que el director de aquella película, que dejó inacabada por su ausencia, tenga opción de conocer qué le sucedió veinte años después.
            Todo esto va a conducir a un desenlace que, podríamos decir, muestra la magia del cine; no solo en la propia trama, por lo que provoca en los personajes, sino porque, por ejemplo, nos lleva al que quizá sea el mejor último plano de la historia del cine español: emotivo, significativo y de una extraordinaria belleza plástica. El rostro de Gardel, ese Jose Coronado envejecido, con la mirada acuosa clavada en la pantalla, viéndose a sí mismo en la película inacabada donde buscó y trajo ante otro padre a su hija perdida, es desde ya un momento memorable de la narrativa audiovisual; y todo esto, recordemos, al tiempo que Gardel tiene a su propia hija sentada al lado, Ana Torrent, esperando que él reaccione, que la reconozca, que también la encuentre, que escape a su falta de memoria, que esa escena de la película perdida que está siendo proyectada en la sala de cine provoque el hechizo y le haga ver quién es, rescatándolo del pozo del olvido en que lleva sumido tanto tiempo. Entonces, Gardel parece tener un momento de lucidez, ese mismo al que se refiere en una escena previa el personaje de Manolo Solo, que admite que, a veces, por un instante, sospecha que él lo reconoce.
            Cerrar los ojos conservando la memoria... abrir los ojos perdiéndola. El cine como elemento que va más allá de la ficción. La sala de cine como el quirófano imprescindible para curar al espectador de tanto contenido (ah, contenido, esa palabra delatora ya de sus propias intenciones...). La estructura como esqueleto vital para mantener erguida una historia y que camine con pasos certeros. El homenaje que va más allá del propio homenaje y da sentido y profundidad al personaje principal. Que en ese refugio costero, con el perfil de la población granadina de Castell de Ferro, Manolo Solo se arranque con los acordes de My rifle, my pony and me, emulando nada más y nada menos que a Dean Martin en Río Bravo, de Howard Hawks, es no solo un punto de luz más en esta brillante película, sino el conjuro capaz de emocionar a todo el que se embarque en este viaje, el mejor que ha dado el cine español en décadas.
            Golpe de suerte, la nueva película de Woody Allen, la número 50 de su prolífica carrera, es tan luminosa en su fotografía como nihilista y oscura en su temática: la suerte, por mucho que queramos negarlo, tiene una función determinante en nuestras vidas. Esta es la tesis que se elige y aplica a una situación y personajes que para cualquier seguidor del director neoyorquino será familiar: el triángulo amoroso.
            Aquí hay gente con dinero, hay escritores, hay bares y lugares bellos por los que los personajes pasean, hay cierto humor malsano (esos trenecitos de juguete), hay muerte... y sobre todo, hay talento para contar una historia sin coartadas morales. Así, la belleza plástica que genera Vittorio Storaro, mítico director de fotografía, se une y genera contraste con el talento de Allen para escribir y componer escenas memorables. El arranque por ejemplo, rodado en un plano secuencia que ya nos muestra uno de los temas, la casualidad: esa mujer joven y casada que en un paseo cotidiano por las calles de París se encuentra con un antiguo compañero de instituto que, secretamente, siempre estuvo enamorado de ella. No es difícil imaginar qué va a suceder a continuación.
            Uno tiene la sensación de que, a estas alturas, Woody Allen se puede permitir una mirada distante con su propia historia: nos la embellece al máximo, como si fuera una comedia romántica, y es en esa textura luminosa y saturada, propia de un París idealizado fotográficamente, donde se dispone a ofrecernos una mirada turbia hacia este triángulo amoroso. Pero ni siquiera lo turbio va acompañado de lo siniestro, en forma de música inquietante u oscuridad: aquí el mal y el bien transitan de la mano bajo el mismo sol, la misma música y la misma normalidad. Y es por esa normalidad, por muy terrorífica que sea, donde transita el azar, caprichoso e inevitable, capaz de provocar bifurcaciones inesperadas, como esa primera escena a la que hacíamos referencia, y dando lugar a consecuencias macabras: el asesinato y desaparición del joven escritor y la posterior trama donde parece que la madre de la protagonista va a correr la misma suerte... hasta que el azar, de nuevo, irrumpe con sus largas y afiladas garras.
            Pase lo que pase, el mundo sigue girando, el sol sigue saliendo y la luz se perfila hermosa sobre París. Al final queda la pasión, sin duda, aunque sea por las máquinas y vagones de un tren de juguete como disfrute de un adulto millonario. Aquí Allen nos ofrece su versión de ese tren con la forma de una película que normaliza el crimen y el azar a través de la belleza, quizá nuestro último consuelo: puede que haya muerte, pero eso no nos arrebata la luminosidad del mundo... al menos mientras el director de fotografía sea Vittorio Storaro.
            Para el espectador que ama el cine es un auténtico golpe de suerte encontrarse con las películas de estos dos maestros en salas de cine, porque a su conclusión dan ganas de cerrar los ojos y recrear en la cabeza las historias que acabas de disfrutar, pensar y reflexionar sobre ellas, lo que cuentan y cómo lo cuentan, historias creadas por octogenarios que desafían el paso del tiempo y siguen haciendo lo mismo que hace medio siglo: dignificar el cine, hacer de él un arte y provocar emoción y reflexión en el espectador. 


martes, 8 de marzo de 2022

MUERTE EN EL NILO (2022, Kenneth Branagh)


 
(para leer una vez vista la película)

“Muerte en el Nilo”, que por fin se ha estrenado en este 2022 tras varios retrasos provocados por la pandemia, comienza de manera sorprendente: en una secuencia en riguroso blanco y negro nos metemos de lleno en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y, por un momento, recordamos, claro, la obra maestra de Stanley Kubrick “Senderos de gloria”; pero es solo por un breves espacio de tiempo, porque aquí no estamos en un drama bélico, sino en un lujoso whodunit que, de nuevo, dirige Kenneth Branagh, también protagonista dando vida al detective belga Hércules Poirot, y escribe Michael Green sobre la novela de Agatha Christie. Pero, más allá de la trama criminal con sospechosos en un lugar reducido, en este caso el barco que surca esas aguas del Nilo que parecen estar condenadas a vivir entre maravillosos amaneceres y deliciosas puestas de sol, el guion de Green se decide a ir algo más allá y explora el pasado de este detective; pasado que, en cierto modo, queda representado por los orígenes del voluminoso y llamativo bigote que ya captó nuestra atención en la anterior adaptación de Branagh, “Asesinato en el Orient Express”.

            En este tipo de películas, es habitual contar con un reparto de excepción, rostros conocidos de sobra por el espectador que, así, satisface su deseo de entrar aún más en el juego que nos proponen la autora de la novela original (Christie), el guionista (Green) y el director (Branagh). Así, contamos con la mismísima Wonder Woman, Gail Gadot, aquí en labores más prosaicas, rostros televisivos de series de éxito como Emma Mackey (“Sex education”) o Rose Leslie (“Juego de tronos”), la gran Annette Bening, el excéntrico Russell Brand y la estrella caída en desgracia (a lo Kevin Spacey, podríamos señalar), Armie Hammer, en el que, probablemente, será su último rol de peso en una gran producción de Hollywood. Una vez vista la película se entiende la absoluta imposibilidad de hacer lo que Ridley Scott hizo con Spacey en “Todo el dinero del mundo” (donde, recordemos, eliminó todas sus escenas y las volvió a rodar con Christopher Plummer), ya que para eso se tendría que haber rodado de nuevo toda la película.

            Esta “Muerte en el Nilo” tiene un cierto tono de irrealidad que, para empezar, se desprende de su propia estética, plagada de paisajes recreados por CGI donde, la mayoría de las veces, uno tiene la sensación de que los propios actores no han salido demasiado del estudio. Es, salvando las distancias, como una película de estudio de los años 30 y 40: sabemos que, ya transcurra en África o en la Luna, el rodaje no cruzará las puertas de los estudios de rodaje. Esto le da, como señalaba, un tono irreal, pero, ¿acaso no lo es el mismo propósito del whodunit? Es como si, en cierto modo, nos recordara que estamos ante un hermoso (y digital) tablero de juego, las fichas están sobre él (los personajes) y el enigma ante nuestros ojos, para ofrecer el divertimento adecuado.

            Eficaz y solvente, todo hay que decir. La dirección de Branagh procura buscar justificados planos secuencia (igual que ya hacía en “Asesinato en el Orient Express), ángulos expresivos, cierta vivacidad y dinamismo y, en ocasiones, espectacularidad exagerada con espíritu teatral. Todo bien, señalaríamos, en este juego artificioso donde el mal se esconde tras rostros familiares.

                Pero la fuerza de la película no reside ahí.

            El joven Poirot queda con el rostro parcialmente desfigurado en la Primera Guerra Mundial. Temeroso por su aspecto físico, cuando su joven prometida lo visita en el hospital, él pretende liberarla del compromiso de matrimonio entre ambos previamente adquirido, y para convencerla de ello le muestra las cicatrices que tiene sobre el labio y el rostro. Ella, impactada al principio, le responde, simplemente, que no se importa: “te dejarás bigote”, dice.

            Y ahí tenemos el origen del voluminoso bigote de Poirot, sugerido por su interés romántico cuando era joven, y con el que se terminará convirtiendo en una eminencia en el universo de los detectives. Ya en la trama principal de la película, que tiene lugar mucho tiempo más tarde sobre las aguas del Nilo, descubrimos que Poirot perdería poco después a esa mujer en un terrible accidente. Pero el bigote del detective permanece, así como su pasión y absoluta dedicación a la resolución de los crímenes, sin que jamás se haya atrevido desde entonces a abrir la puerta al amor. 

            No obstante, lo cierto es que a bordo del barco vemos cierta conexión entre Poirot y una de sus pasajeras, una cantante de voz majestuosa, aunque nuestro detective belga nunca se atreve a dar el paso, ni siquiera cuando el caso finaliza. Tiempo después, ya de vuelta en el continente europeo, vemos a esta misma pasajera sobre el escenario de un garito, acompañada de un grupo, interpretando un tema musical. Alguien está sentado contemplando el espectáculo, de espaldas a la cámara. Intuimos que se trata de Poirot. ¿Acaso está dispuesto a superar las barreras invisibles y, por fin, declararse y abrirse al amor? ¿Nos espera, acaso, una romántica escena donde nuestro detective utilice las palabras no para resolver un crimen sino para seducir a esta mujer? 

               Pues no, no hay palabras.

            En este mismo plano secuencia, Poirot se gira levemente y descubrimos que se ha afeitado el bigote y ya no tiene miedo a que se vean sus cicatrices (ni a escuchar a su corazón); y, lo que es más interesante, a pesar de haber solucionado un caso donde el amor ha ofrecido su visión más perturbadora y criminal (la pareja de amantes que trama el asesinato de la esposa de él), provocando la muerte de varias personas, el personaje al que da vida Branagh está dispuesto a arriesgarse, a enfrentarse a un nuevo futuro, a ese amor que puede ser tan perturbador y criminal como romántico y luminoso, sugiriendo así un futuro que se abre a diferentes posibilidades, quizá exento de casos criminales pero, tal vez, igual de apasionante.

              Cine.

martes, 11 de mayo de 2021

Those who wish me dead (Taylor Sheridan, 2021)

Hay películas que no acaban de funcionar aunque parecen tener todos los elementos para ello: a veces puede ser una cuestión de guion, de montaje o, incluso, de duración. Todo esto parece suceder en "Aquellos que desean mi muerte", nueva película de Taylor Sheridan: la historia se hubiera beneficiado de una extensión mayor (quizá una miniserie para HBO), y así, por ejemplo, desarrollar personajes que apenas aparecen apuntados, como esos dos asesinos que encarnan Aidan Gillen y Nicholas Hault; el montaje en la primera parte de la película es apresurado, donde se suceden las acciones de manera demasiado evidente y previsible; y el guion carece de sutilidad, no permite que las potentes imágenes de los paisajes naturales (tan características del cine de Sheridan) hablen por sí mismas. Del resto de secundarios, salvo alguna excepción, indicar que pasan por el metraje sin tiempo de aportar otra cosa que no sea mera funcionalidad. Angelina Jolie cumple como protagonista de una película fallida, sí, pero muy interesante de ver, de analizar, con alguna secuencia magnífica, como el asalto de los dos asesinos a la casa de la pareja que forman Medina Senghore y Jon Bernthal. Taylor Sheridan es autor de guiones estupendos ("Comanchería", "Sicario") y ha dirigido películas magníficas ("Wind River"), donde la naturaleza cobra siempre protagonismo, una naturaleza que no tiene piedad con buenos ni malos, purificadora pero implacable. En algún lugar de "Aquellos que desean mi muerte" había una gran película que, intuyo, ha quedado oculta por el humo y las llamas de algún fuego creativo y/o de producción también implacable.

martes, 31 de marzo de 2020

Póker de CINE (3)


Ver en 2020 "Impacto", un largometraje de 1981 (la traducción al español de "Blow out" nos impide la referencia a "Blow up" de Antonioni), es la constatación de un cine que ya no se hace: es un thriller, sí, pero se toma su tiempo para presentar y desarrollar personajes (un Travolta condenado desde el comienzo a encontrar el grito perfecto para esa low budget movie en la que trabaja), y es una película de Brian De Palma, esto es, un señor capaz de darle protagonismo a lo audiovisual por encima de cualquier cosa. Hay escenas y momentos memorables: la conclusión, que no revelaremos aquí para evitar el temido destripe; Travolta comprobando en su oficina que alguien ha husmeado en su material, con una secuencia mareantemente brillante; esos planos detalle y generales enfocados en el mismo encuadre; la cámara lenta con la música de Pino Donaggio a toda máquina; los planos cenitales, justificados e hipnotizantes; los trávelin circulares... ¿En definitiva? El talento de la técnica y el manierismo audiovisual al servicio de una buena historia donde un técnico de sonido cree descubrir un asesinato. Además del propio Travolta, muy alejado aquí de su explosiva irrupción bailonga y musical pocos años antes en el mundo del cine, también destacan Nancy Allen, que venía de trabajar con el propio De Palma en "Vestida para matar" y, de manera más breve, dos secundarios siempre inmensos: Dennis Franz y John Lightgow.


Nos ha dejado Stuart Gordon, el director de esta pequeña joya macabra de los 80, rodada exclusivamente en interiores y con secuencias memorables (de humor y terror), desde los créditos que parodian sin tapujos la banda sonora de "Psicosis" hasta el cierre con ese líquido verde en jeringuilla dispuesto a... reanimar, claro. Llegó a trabajar con David Mamet en un montaje de "Sexual Perversity in Chicago" y fue director en la serie de televisión "Masters of Horror" de Mick Garris. Tuve ocasión de asistir a una master class suya en Sitges hace años. Divertida y estimulante. Buen tipo.


Película que demuestra lo saludable que es quedarnos en casa en estos tiempos, frente a la imprudencia de salir al exterior. En el ámbito cinematográfico, la estructura es el músculo que da fuerza a este largometraje australiano escrito y dirigido por Damien Power; también la dosificación de información, el montaje de escenas, que provoca preguntas y genera interés, y, finalmente, el conflicto inesperado, aunque natural, entre los personajes principales. Obra que demuestra que siempre hay una nueva forma de aproximarse a una historia mil veces contada; se disfrutó (y sufrió, según se mire) en festivales como Sundance o Sitges.


Las películas de Sherlock Holmes con Basil Rathbone y Nigel Bruce son una delicia; más allá de si son mejores o peores, tienen un encanto derivado del blanco y negro, los decorados y las tramas (más o menos inocentes). "Sherlock Holmes en Washington", dirigida por Roy William Neill en 1943 y quinta de las catorce que componen esta saga, lleva al mítico detective a América, tal y como subrayaba la publicidad de la época, y, entre otras cosas, demuestra que tan solo unas cerillas son capaces de mover la historia hasta un final de lo más satisfactorio, que, por cierto, incluye una escena en coche, con entrañable transparencia del Capitolio de Washington, donde Holmes recita unas palabras del mismísimo Winston Churchill. Estábamos en plena Segunda Guerra Mundial.









jueves, 27 de febrero de 2020

Virus y epidemias en el mundo del cine

Son muchas las películas, algunas magníficas, que toman la temática de los virus y las epidemias para narrar historias. El otro día hicimos un breve especial radiofónico en Canal Sur Radio sobre algunas de ellas. Aquí lo tienen:


jueves, 9 de enero de 2020

viernes, 6 de octubre de 2017

La hija de Ryan


En una nueva colaboración con ALDABA, la revista de Creación Literaria y Plástica (otoño 2017), tengo ocasión de escribir sobre la maravillosa "La hija de Ryan" (1972, Reino Unido), extraordinaria película del gran David Lean. Además, el pasado mes de mayo estuvimos en la presentación que tuvo lugar en el Excmo. Ateneo de Sevilla, rodeado de otros escritores y artistas participantes en los once años de la revista.


Aquí tienen acceso al contenido completo de ALDABA 34 (otoño 2017).

 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Sobre CAFÉ SOCIETY

Sí, ya sé que hoy lo que toca es hablar de “El hombre de las mil caras” o de “Los siete magníficos”, pero no puedo evitarlo: si echo la vista atrás me viene el recuerdo de la maravillosa “Café Society”, la última película de Woody Allen. Habría que comentar muchos aspectos de esta lograda obra del cineasta neoyorquino, pero quedémonos con su desolador final (y ahora sigan con la lectura sabiendo que, evidentemente, vienen spoilers).


Ya acercándonos al desenlace, Bobby, nuestro protagonista, un inspirado Jesse Eisenberg, se reencuentra con Vonnie (Kristen Stewart) que, recordemos, había sido su amor apasionado en la breve época que pasó en Hollywood. Ahora, sin embargo, ella viene acompañada de su marido (y tío del personaje de Eisenberg, interpretado por un magnífico Steve Carell que, por cierto, entró en este rodaje al causar baja Bruce Willis) y Bobby ya está casado con Verónica, a la que da vida Blake Lively.


Y ahora centrémonos en el plano que cierra la película: acaba en la nuca de Bobby, mientras contempla la pequeña orquesta que toca en el escenario. Recuerda, quizá, lo que pudo ser y no fue. Recuerda, quizá, que jamás sentirá lo que sintió con la chica que rechazó estar con él para casarse con su tío. Un final no demasiado alegre, ¿cierto? Poco antes, en una secuencia que resuelve la trama de Ben, su hermano gánster, interpretado por Corey Stoll, tenemos un plano similar, desde atrás, donde el propio Ben recibe de manera estoica su sentencia de muerte por parte del tribunal que lo juzga. ¿Equipara, pues, el señor Allen, la desolación por la pérdida del amor verdadero a la pérdida de la vida? Por planificación, así es, pero si atendemos, además, a la paleta cromática comprobamos que mientras el cierre de la película se produce entre tonos oscuros, azulados y fríos que rodean a Bobby, su hermano gánster asiste a la resolución de su juicio entre colores amarillentos y cálidos. Así, nuestro protagonista se enfrenta a algo que, según se cuenta y tal cómo se cuenta, es peor que una condena a muerte.

CINE.


martes, 13 de septiembre de 2016

TODO SALDRÁ BIEN (Jesús Ponce, 2016)

“Todo saldrá bien” (Jesús Ponce, 2016) podría verse como una película de terror cotidiano, sin duda el peor de todos ellos, por cuanto carece del valor lúdico e irreal de ese terror que nos vende el cine: aquí no hay psicópatas, ni zombies ni casas encantadas. Sin embargo, sí hay una casa de la que no pueden escapar sus protagonistas (como si de un “Hotel California” rústico y local se tratase), sí hay una persona más cercana a la muerte que a la vida y sí hay un personaje condenado a desconectarse del mundo, que vive en ese universo anclado a la agonizante madre que nunca vemos, uno de los aciertos visuales de la película.


¿Por qué terror cotidiano? ¿Por qué el peor de todos ellos? Porque habla de tragedias reales, cercanas en el tiempo y en el espacio, donde la injusticia social deriva hacia callejones sin salida como al que nos dirige de manera irremediable este largometraje desde sus primeros minutos.


Isabel (Isabel Ampudia) regresa a la casa familiar en el campo donde espera su hermana Mercedes (Mercedes Hoyos), ante la inminente muerte de la madre de ambas, ya incapaz de reconocerlas, postrada desde hace años en una cama, y a la que casi de manera única identificamos por unos lastimosos quejidos que se propagan entre sus paredes como una maldición fantasmal incapaz de dejar salir de allí a las dos hermanas.

En un momento determinado, en los primeros minutos de “Todo saldrá bien”, ambas están compartiendo su primera cena en la casa de campo cuando los lastimosos quejidos de esa madre invisible pero omnipresente sacuden la conciencia de la recién llegada. “¿No subes?”, le pregunta Isabel, a lo que Mercedes le responde que lo haga ella. Isabel se levanta, sale del plano, al tiempo que un lento travelling de retroceso contempla la cotidiana soledad de la tragedia en Mercedes, que continúa con su cena, como ha hecho siempre, asumiendo el drama e insertándolo en esa normalidad hiriente que resquebraja el alma. Por supuesto, como comprobamos a continuación, Isabel no es capaz de atender a su madre y será su hermana la que, de nuevo, tenga que hacerse cargo de las necesidades de una enferma dependiente, abandonada por el sistema social y condenada a sufrir durante un indeterminado período de tiempo.

Se agradecen los momentos de humor que alivian la tragedia y nos permiten respirar (alejándose así, por ejemplo, de la asfixiante aspereza de un Michael Haneke o la violencia explícita de un Lars Von Trier), donde se humanizan los personajes de estas dos hermanas, visibilizando sus rencores, sus debilidades, sus ilusiones rotas. Hay dolor, sí, hay odio, sí, hay frustración, sí, pero también hay amor, un amor trágico que, al final, es lo único que parece quedar.


“Todo saldrá bien” es una película en la que brilla el potente duelo actoral entre Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos, omnipresente a lo largo de todo el metraje, salvo por momentos puntuales donde aparecen otros personajes que oscurecen aún más el terrible panorama al que se enfrentan las dos hermanas: el personaje de Víctor Clavijo en la secuencia inicial de la oficina advierte a Isabel de las consecuencias de ausentarse del trabajo (aunque sea con días de asuntos propios); el doctor que hace visitas a domicilio, interpretado por Darío Paso, les recuerda que en el mundo que les ha tocado vivir, jamás pueden dejar sola a su madre (impidiendo así el festivo picnic planeado entre las hermanas lejos de la casa); Juan Carlos Sánchez, dando vida al doctor en al ambulatorio, le confirma a Mercedes que está sola, que nadie la ayudará y que, en definitiva, “todo se ha ido a la mierda” (crítica social que, además, se materializa en ese cartel que le prohíbe que las consultas duren más de cinco minutos). 

Consciente de la química y talento de sus actrices, Jesús Ponce despliega una planificación que, a menudo, nos permite disfrutar de ambas en un mismo plano: sus palabras y reacciones alimentan no sólo la verosimilitud de sus personajes sino también la línea narrativa de esta incómoda pero recomendable película, dura y desasosegante, pero, al mismo tiempo, vehicular de un mensaje que visibiliza las tragedias cotidianas.


Mención especial merece el extraordinario trabajo que desarrolla Mercedes Hoyos en la composición de su personaje, el más rico de la película, por el bagaje acumulado, por ese rencor que trata de esconder pero que termina saliendo a flote. Su dolor, esa mirada triste que parece atravesar el alma, salpica al espectador y pone el nudo en la garganta. Sabemos que ella tiene una hermana y una madre, pero su único alivio familiar lo encuentra en el vino, que aún le recuerda el placer de la vida, que tal vez le ofrece la salvadora ilusión de que todavía puede encontrar su lugar en el mundo, lejos de una casa de la que, en el fondo, sabe que jamás escapará, al igual que su madre, y a la que parecen irremediablemente condenadas en “Todo saldrá bien”, película pequeña, atípica y cruda, que crece y crece durante el visionado hasta demostrar que otro tipo de cine es no sólo posible, sino necesario.

jueves, 18 de agosto de 2016

EL WESTERN

Me gusta el western. A decir verdad, me encanta. Volver a ver “Horizontes de grandeza” (William Wyler, 1958) es una auténtica delicia. O “Grupo salvaje” (Sam Peckinpah, 1969), una bestialidad maravillosa. Incluso westerns hechos hoy día, como “The salvation” (Kristian Levring, 2014) o “Bone Tomahawk” (S. Craig Zahler, 2015) me parecen magníficos.


Por todo eso, que este año tuviera la oportunidad de dedicarle un programa a “El hombre que mató a Liberty Valance” (John Ford, 1962), una de las grandes obras maestras de la historia del cine, en “La calle de ‘enmedio’” (Canal Sur Radio), fue una auténtica delicia. Siempre lo es cuando se trata de joyas del séptimo arte. 

Así pues, ajusten sus sombreros; a continuación les dejo con un fragmento del programa:


viernes, 5 de agosto de 2016

JASON BOURNE (Paul Greengrass, 2016)


En los días previos al anunciado estreno mundial tuve ocasión de volver a ver la saga Bourne al completo —obviemos, por favor, la muy fallida “El legado de Bourne” (Tony Gilroy, 2012)—: “El caso Bourne” (Doug Liman, 2002), entretenida película de espías y acción donde, además de Matt Damon, ya aparecen otros personajes que repetirán en el mismo universo, como Julia Stiles, Joan Allen o Franka Potente; “El legado de Bourne” (Paul Greengrass, 2004), un salto de calidad que, además, imprime esa personalidad electrizante a la saga; y, sin duda, la mejor de la serie, “El ultimátum de Bourne” (Paul Greengrass, 2007), vibrante película que recoge magníficas secuencias, como la de la estación de Waterloo, y que se convierte rápidamente en un éxito de público y crítica.


Así, pensaba que era buena idea acercarme a “Jason Bourne” (Paul Greengrass, 2016) con las anteriores películas recientes en la memoria, familiarizado con sus tramas de espionaje, traición y revelaciones, soñando con una continuación (o conclusión) satisfactoria.

Craso error.

Porque me temo que, precisamente eso, ha hecho que disfrute menos de esta nueva entrega dedicada al personaje creado por el escritor Robert Ludlum. Sin dejar de ser entretenida, y recoger algún momento francamente interesante, da la sensación de que ya la has visto, de que se repiten escenas y situaciones con diferentes actores y que, lamentablemente, estás más ante un refrito que ante una cierta evolución (o innovación) en la saga.

Por otro lado, todos sabemos del uso de la cámara en mano en las películas de Paul Greengrass (a las ya mencionadas segunda y tercera entrega de Bourne, añadir las magníficas “United 93” y “Green Zone”). Es de nuestro conocimiento el gusto del director británico por darle ese tono realista, documental, a sus películas, muy apreciable siempre en los títulos mencionados. Sin embargo, en “Jason Bourne” hay varios momentos en que esa intención se desvanece por culpa de agresivos temblores de cámara que provocan que el espectador se sienta desorientado. Poco se puede ver de la persecución en moto del primer acto y casi nada de la persecución en Las Vegas del último tramo. Una cosa es crear sensación de realismo y verosimilitud; otra, muy diferente, dejar aturdido y con un alto grado de confusión al espectador.


Se agradecen, eso sí, las jugosas incorporaciones al reparto: el siempre sólido Tommy Lee Jones, un Vincent Cassel que goza de uno de los rostros más terroríficos vistos en una pantalla, y Alicia Vikander, de la que ya disfrutamos en la magistral “Ex Machina” (Alex Garland, 2015). Además, se mantiene John Powell en labores de composición de banda sonora original, conservando temas vibrantes que hacen que te quedes pegado a la butaca, con un elevado grado de interés y tensión, aunque sólo veas a una persona caminar por la acera. Aquí, la música no sólo anticipa y te da el tono, sino que te coge de la mano y te hace correr junto al mismo Jason Bourne.


En definitiva, la serie recupera a sus mejores valedores como actor y director (aunque la propia dirección parece en más de un momento con el piloto automático), pero el guión decae y decepciona. ¿Será casualidad que Tony Gilroy, guionista de las anteriores (y director del fallido intento de sustituir a Matt Damon por Jeremy Renner en “El legado de Bourne”), no esté involucrado en este título de la saga?



Por último, y en otro orden de cosas, ahora que ya se ha confirmado el regreso a televisión de "24: Legacy", una expansión del universo "24", como señalan sus creadores, una obviedad: cuando Kiefer Sutherland trató de sacar adelante el largometraje basado en “24”, ¿no se dio cuenta de que, por estilo y ritmo, el director ideal era Paul Greengrass?

martes, 21 de junio de 2016

Glorioso blanco y negro

Desde el pasado septiembre hasta este mes de junio, además de comentar los estrenos semanales de la cartelera y recomendar grandes series de televisión (ese cine más adulto que, recuerden, se puede ver en casa) en la sección de cine que presento en “La calle de ‘enmedio’” (Canal Sur Radio), también hemos tenido tiempo de dedicar un espacio para hablar del cine clásico: esas gloriosas películas en blanco y negro que se emitían con asiduidad en el prime time televisivo de los años 70 y 80 y que hoy, salvo gloriosas excepciones, están completamente extinguidas de la programación de las grandes cadenas.


Pero, por suerte, aún es posible en 2016 hablar y recomendar para las nuevas generaciones (y recordar para los que ya las han visto) esas grandiosas películas, unos clásicos fácilmente reconocibles, otros no tanto, pero todos unidos por ser obras que desprenden calidad de alta graduación, ejemplares, y que, desde luego, merecen ocupar un lugar prominente en nuestra videoteca. Así, durante estos diez meses hemos seleccionando breves escenas para disfrute de los oyentes, bandas sonoras míticas, anécdotas poco conocidas, capaces de dibujar al momento una sonrisa evocadora, y curiosidades que, con facilidad, animan cualquier velada. Y todo, no lo olvidemos, con películas rodadas en un maravilloso e inigualable blanco y negro. En la foto que ilustra este texto, diez de los directores que han sido invitados a esta sección, figuras imprescindibles en la historia del CINE.

sábado, 26 de marzo de 2016

Batman v Superman: el amanecer de la justicia

 
Mi escena favorita de "Batman v Superman:  El amanecer de la justicia" es el momento en que coinciden los personajes que interpretan Ben Affleck y Gal Gadot contemplando una pieza de museo y de fondo escuchamos el sublime "Waltz No. 2" de Shostakovich. ¿Que por qué es mi favorita? Pues porque me recuerda a la extraordinaria obra, adulta e inteligente, que era "Eyes Wide Shut", con la que el genio de Stanley Kubrick se despidió de todos nosotros. Aparte de la inevitable referencia, esta nueva película, que une a varios superhéroes de DC, sube algún peldaño respecto a la previsible y aburrida "Hombre de acero", pero dista de ser esa gran pieza que podríamos haber esperado. Queda lejos, por ejemplo, de la magnífica "El caballero oscuro" de Christopher Nolan.
 
 La dirige Zack Snyder, un director que nos ha ofrecido películas potentes como "El amanecer de los muertos", vibrante remake del "Zombie" de George A. Romero, o la eléctrica "300". Incluso la fallida "Watchmen" ofrecía secuencias memorables. Aquí, tanto a nivel de guión como de dirección, todos parecen tratar con mucho más cariño a Bruce Wayne que a Clark Kent. Dicho de otro modo: nos interesa la historia de Batman y nada de nada la historia de Superman. De hecho, creo que la película mejoraría considerablemente centrándonos en el murciélago de Gotham y olvidándonos del habitante de Krypton. De esa manera también nos quitaríamos de en medio la irritante composición de Lex Luthor que hace Jesse Eisenberg (qué grande es Gene Hackman, y qué divertida era su versión de Luthor  en las películas con Christopher Reeve). Así tendríamos, por ejemplo, más escenas entre el canoso Bruce Wayne y su mayordomo Alfred, interpretado con solvencia por Jeremy Irons, de una dinámica más interesante. Por otro lado, reconozco que me ha sorprendido Ben Affleck: ofrece, sin duda, una interpretación correcta, a la altura de lo mejor que ha hecho como actor hasta el momento (recordemos, "Mallrats" y "Persiguiendo a Amy", deliciosas y divertidas películas de Kevin Smith).
 
 
Finalmente, es extraño que el momento más potente de esta nueva entrega de superhéroes, la aparición majestuosa de Wonder Woman, haya sido destripado impunemente en el tráiler. Aun así, la escena en cuestión funciona, y le añade a la película un tono de diversión que, por momentos, se difumina coincidiendo con la presencia de Clark Kent / Superman, que, al menos en esta aventura, nos interesan bien poco. Menos mal que, de vez en cuando, interviene Lawrence Fishbourne para quitar esa supuesta trascendencia, aburrida más que otra cosa, y regalarnos un poco de humor.
 
Ah. Casi lo olvidaba. Aparecen también Diane Lane, siempre maravillosa, Kevin Costner, en una previsible escena onírica, y hay cameos de los futuros miembros de La Liga de la Justicia. Veremos si alcanzan en próximas películas el nivel de éxito que está teniendo Marvel.

domingo, 20 de marzo de 2016

Calle Cloverfield 10


Confieso que Mary Elizabeth Winstead nunca me había caído bien, quizá porque la asocio a las entregas menos afortunadas de la saga "Die Hard" (aquí, gracias a una mente creativa de la distribución, "La jungla de cristal") y a la fallida precuela de "La cosa", aquella obra maestra que nos regaló John Carpenter a principios de los 80 con Kurt Russell de protagonista. Sin embargo, tengo que admitir que con "Calle Cloverfield 10" la actriz norteamericana me ha ganado. Ayuda, claro, el atractivo planteamiento de la historia y el soberbio acompañante, un John Goodman ciertamente brillante en su composición. Dirigida con solvencia por Dan Trachtenberg, debutante en el largometraje, y con un guión de Josh Campbell y Matthew Stuecken, en el que también interviene Damien Chazelle, escritor y director de la magistral "Whiplash", es al revisar los nombres que aparecen en la producción cuando uno se da cuenta de que está ante algo potente: JJ Abrams ("El despertar de la fuerza"), Drew Goddard ("La cabaña en el bosque") o Matt Reeves ("Monstruoso") suelen garantizar, cuando menos, un entretenimiento de calidad. 


En definitiva, estamos aquí ante una película high-concept de lo más recomendable, que hay que ver obligatoriamente en cines para así sumergirnos de verdad en el ambiente claustrofóbico que asola a nuestra protagonista. Un dato más acerca de "Calle Cloverfield 10" y sus quince minutos finales: son intensos y terroríficos, un ejemplo de cómo hacer que el espectador no parpadee y se quede pegado a la butaca hasta los créditos. Buena culpa de todo eso la tiene, evidentemente, el hábil metraje que hemos presenciado antes.

Fantástica.

jueves, 31 de diciembre de 2015

LAS MEJORES PELÍCULAS DE 2015

Es época de listas, sí. Aquí va la mía, con lo mejor y más interesante del mundo cinematográfico estrenado en nuestras salas a lo largo de 2015. Que tengan ustedes un feliz año 2016.


-WHIPLASH. Cine de primer nivel. De quilates. Los últimos veinte minutos para enmarcar. Para disfrutar. Para aprender sobre el lenguaje cinematográfico.


-IT FOLLOWS. Para un aficionado al terror como yo, es todo un placer encontrarse con una película dirigida con talento desde su primer fotograma, de atmósfera inquietante y donde cada escena nos cuenta algo que agranda la historia. El espíritu del gran John Carpenter planea sobre la película, con una banda sonora original que se acopla a las imágenes de manera perfecta. Fantástica.


-ROGUE NATION. Extraordinaria. En la brillante línea de “Ghost Protocol” y, junto a la original de Brian de Palma, perfecto ejemplo del mejor cine de espías y acción, bastante más interesante que, por ejemplo, las últimas entregas de James Bond.


-IRRATIONAL MAN. Woody Allen nos ofrece su genialidad en una nueva película que, como en sus mejores trabajos, plantea temáticas interesantes y conflictivas, en una trama que puede recordar a otras de sus obras pero, de nuevo, con elementos originales, para un público que se preocupe por la condición humana. Y el buen cine, claro.


-EL PUENTE DE LOS ESPÍAS. Cine clásico. Cine a lo grande. Cine del que ya no se hace. Magnífica película del gran Steven Spielberg.


-TECHO Y COMIDA. La película española más potente del año. Dirección ejemplar y cast que desaparece bajo el velo de la realidad. Si aún no la han visto, búsquenla.


-MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA. Pura cinética insertada en fotogramas. Eléctrica, jamás concede un respiro en la frenética persecución que ocupa la película, y brillante, con un efectivo Tom Hardy como Max y una brutal Charlize Theron como emperatriz furiosa.


-MARTE. Cuando un director como Ridley Scott cuenta con un guión competente y atractivo, surgen magníficas películas, como aquí sucede, haciéndonos así olvidar el desastre que fue "Exodus".


-KINGSMAN. Divertidísima parodia del cine de James Bond, con toque british y humor salvaje. Colin Firth parece haber nacido para este papel y Samuel L. Jackson se lo pasa en grande interpretando al excéntrico villano. Una auténtica sorpresa.



-STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA. Regresa el Halcón Milenario, el montón de chatarra más eficiente del universo. Regresa Han Solo, pletórico. Regresa John Williams, genial. ¿Hace falta algo más para incluirla en esta lista de películas imprescindibles de 2015? No, evidentemente.