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jueves, 16 de febrero de 2017

ONE



 

“Writing is a lonely job. Even if a writer socializes regularly, when he gets down to the real business of his life, it is he and his type writer or word processor. No one else is or can be involved in the matter.”

Isaac Asimov
 


jueves, 7 de enero de 2016

Taller Nocturno de Creación Literaria

El próximo 25 de enero comienza el Taller Nocturno de Creación Literaria en Sevilla, una ocasión única para sumergirse de manera activa en el mundo de las letras desde el punto de vista del escritor, con la oportunidad de redactar esas historias apasionantes que todos llevamos dentro con las técnicas adecuadas y verlas, finalmente, reflejadas en la edición de un libro. 
    Puede solicitar información en tallernocturnoliterario@gmail.com


viernes, 3 de agosto de 2012

De Donna Leon a Ross MacDonald


Esta historia comenzó hace casi dos años con la llamada telefónica de un amigo, buen conocedor de mi nada disimulado gusto por las historias criminales, que me señaló la presencia de Donna Leon en un seminario sobre novela negra organizado por la UIMP. Tengo que reconocer que, hasta entonces, no había leído nada de la gran dama del crimen, aunque por supuesto me sonaba su nombre de ver en librerías cómo la saga del comisario Brunetti (un nuevo caso anual es publicado con constancia y disciplina inglesa… aunque provenga de una americana nacida en New Jersey y residente en Venecia) ocupaba una parte importante en la sección dedicada a la novela de detectives. El caso es que, como aficionado al género, decidí asistir y comprobar de voz de la propia autora sus recomendaciones, gustos literarios y experiencia vital a lo largo de una trayectoria en el mundo literario que entonces ya se acercaba a los veinte años de éxito en el mercado.


         Creo recordar que el primer día transcurrió con normalidad: ella habló de cómo surgió su primera novela (Muerte en La Fenice, galardonada en Japón con el prestigioso Premio Suntory a la mejor novela de intriga), la rutina que seguía a la hora de escribir, sus gustos literarios y, finalmente, respondió a las preguntas que le hicimos los allí presentes. La mañana del segundo día subía yo tranquilamente las escaleras que me conducían a la sala del seminario, cuando vi que justo al final de mi trayecto estaba Donna Leon, mirándome con esos ojos afilados y curiosos de persona inteligente. La saludé de manera breve y amable y, antes de que pudiera decir nada más, me interrumpió para preguntarme si era escritor y hacía cine. Y ahí estaba yo, mirando con cara de póker a la buena mujer, fácilmente distinguible por ese pelo corto gris que le caía sobre sus hombros, los rasgos faciales marcados y esas gafas que remataban su apariencia de persona decidida. ¿Acaso ella había leído algo de lo que había publicado? ¿Tal vez había visto alguno de mis cortometrajes? Tras un momento de incertidumbre por no saber si hablaba en serio (¡¿una escritora norteamericana de éxito sabía quién era yo?!) o estaba bromeando (sin duda, la opción más factible), me comentó que, mientras desayunaba en un bar cercano, había leído un entrevista que me habían hecho en el periódico. Entonces, haciendo memoria, caí en la cuenta de que, efectivamente, días atrás me habían llamado de un medio con motivo de la publicación de “Manhattan por el retrovisor” y el inminente estreno teatral de “Perversidad en la 237”.
Y, cuando menos anecdótico, había tenido que llegar Donna Leon para confirmarme que el artículo, con una fotografía que le había permitido reconocerme, ya había salido a la luz.
     Tras la sesión de mañana, donde recuerdo hacerle preguntas y entrar más en conversación que el día anterior, fuimos a mediodía a Las Columnas, típico bar sevillano al que llevamos a Donna Leon varios compañeros y yo, y donde ya comenzamos a hablar (siempre en inglés, claro) de autores que nos fascinaban de novela negra. Recuerdo nombrar a varios, y terminar finalmente desgranando y alabando algunas de las novelas de Jim Thompson, alguien a quien admiro como escritor (maravillosas y espeluznantes 1280 almas y El asesino dentro de mí, entre otras). Entonces Donna me preguntó si había leído a Ross MacDonald, a lo que tuve que confesar que no, que, aunque conocía su obra, todavía no había tenido ocasión de leer ninguna de sus novelas. Ella me dijo que era magnífico. Que no perdiera la oportunidad de hacerlo.


        Terminamos de compartir unas cervezas y nos despedimos hasta la sesión de tarde. Un par de horas después mi sorpresa fue mayúscula cuando, al llegar de nuevo al seminario, Donna se me acercó con un libro en la mano, me lo extendió y me dijo que era para mí.
            Se trataba de una edición española de “El martillo azul” de Ross MacDonald.
Aprovechando el pequeño descanso que habíamos tenido hasta el comienzo de la sesión de tarde, Donna se había acercado a una librería cercana y me había comprado el libro. Sorprendido por el detalle, se lo agradecí y prometí leerlo lo antes posible.
          El seminario concluyó, me hice con un ejemplar de la primera novela de Donna Leon, Muerte en La Fenice, bautismo del comisario Brunetti, que me firmó y asintió con aprobación al verlo (como diciendo “ésta sí es una de las buenas”) y varios compañeros del curso volvimos a quedar con ella. De nuevo, hablamos de libros, de música (es una gran seguidora de conciertos de música clásica), de cine (un amigo suyo había producido La Brújula Dorada, esa película donde aparecían Daniel Craig y Nicole Kidman) y del título de su entonces última novela: Cuestión de fe. Curiosamente, por aquel entonces yo andaba concluyendo una obra de teatro con el mismo nombre (y trama, imagino, absolutamente diferente), con la que un año después quedaría finalista del VI Premio “El espectáculo teatral”. Bromeamos sobre la extraña coincidencia de los títulos, le regalé una copia de mi cortometraje De vuelta a casa (convenientemente subtitulado al inglés) y nos despedimos amablemente.
Habían sido unos días agradables con una escritora norteamericana afincada en Venecia que produce una novela al año, traducida a numerosos idiomas (salvo al italiano, curiosamente), y que se jacta de una suerte literaria que nunca imaginó tendría.


         Leí al poco tiempo su primera novela y me pareció un divertimento de principio a fin, una clásica historia policíaca, con crimen y gran detective envuelto en conspiraciones, con el ambiente del mundo de la música clásica (del que ella es buena conocedora y posee buenos amigos) rodeando la trama.
         Sin embargo, la novela de MacDonald quedó en mi estantería de lecturas pendientes hasta que hace unos meses me decidí a comprobar si era tan buena como ella me había recomendado.
            Sólo puedo decir que se quedó corta.
Hay que decir que pocas cosas reconfortan tanto como encontrar un libro de un autor no leído con anterioridad y caer fascinado al encanto de una trama laberíntica y detectivesca, que nos hace movernos a la sombra de Lew Archer, el detective privado de lengua rápida y gusto obsesivo por la verdad, presenciado sus avances, sus confusiones, sus enamoramientos, sus pistas y sus descubrimientos (siempre implicándonos con ese narrador en primera persona). Hay una frescura en el texto, en sus chispeantes diálogos, en ocasiones cargados de demoledoras reflexiones sobre la condición humana, que hacen que El martillo azul haya provocado esas sensaciones que te recuerdan por qué leer es una actividad de lo más recomendable.


Así pues, casi dos años después concluye esta historia con el descubrimiento por mi parte de un autor eléctrico, una apisonadora de acciones, personajes y tramas. Como elemento adicional, decir que la edición de RBA cuenta con un prólogo de Fernando Marías, donde habla con pasión de su descubrimiento de MacDonald en los años setenta, siendo todavía un adolescente.
Afortunado él. Yo he tenido que esperar mucho más. De hecho, he tenido que esperar a que Donna Leon me lo recomendara, a que me regalara el libro y a que pasaran casi dos años. Pero como dicen por ahí, mejor tarde que nunca.
Y, por cierto, si alguien aún no ha devorado el “El martillo azul”, ¿a qué demonios está esperando?


©José Luis Ordóñez (texto), agosto 2012

lunes, 26 de septiembre de 2011

Escritura en Málaga



En el verano de 2009 tuve ocasión de pasar varias semanas en Málaga, disfrutando de soleados días de playa, turismo ocasional, buenas lecturas y noches de cine. Pero, además, conocí a una serie de escritoras que ahora presentan Cuando vivíamos aquí, su nueva creación literaria. Aunque hablo de memoria, recuerdo el atractivo universo que recreaba magníficamente Inmaculada Reina en sus historias, el áspero mundo que mostraba con envidiable precisión Loli Pérez en sus relatos y el talento que aportaba Isabel Merino a su narrativa, siempre tratando de jugar respetuosamente con el lector. Ahora, como digo, nos traen sus nuevas creaciones en compañía de los demás escritores de puntoyseguido, el grupo literario al que pertenecen, que seguro nos ofrecerán una muestra inteligente y sugestiva de esos mundos que llevan dentro y que progresivamente van saliendo a la luz. El parto será el próximo viernes, día 30 de septiembre, a las 8 de la tarde en el Ateneo de Málaga, y sin duda será una excelente ocasión para tener un encuentro con los siete padresymadres del libro, para así entrar en diálogo con ellos acerca de un recién nacido que, a buen seguro, mostrará a los presentes rasgos de su incipiente belleza.

©José Luis Ordóñez (texto), septiembre 2011

lunes, 19 de septiembre de 2011

La escritura y el crimen


Hablemos. Tú y yo. Hablemos de cosas que nos interesan.
El acto de escribir mantiene siniestras conexiones con el acto de perpetrar un crimen; tomemos unos segundos para reflexionar, por ejemplo, sobre la preparación, una fase de indudable importancia que favorece la verosimilitud y la profundidad de un texto. Así, cuando uno va a construir una nueva obra y dispone de la historia —al menos de los rasgos generales que van a permitir no perderse en un amasijo de tramas desvencijadas—, empieza el proceso de documentación, donde explorará el insondable pozo de información que es Internet o buscará el acceso físico a lugares que piense después reproducir, captando así el aroma de la realidad que hará que el lector paladee sin moverse de su salón, disfrutando de escenarios y situaciones que lo harán estremecer —al menos, ésa será la intención.


Por otro lado (el lado obscuro), si uno decide asesinar a ese escritor con el que últimamente compite —ya sea en contratos editoriales, concursos o ferias de las vanidades—, se dedicará a conocer su rutina, a transformarse en su sombra perpetua y fiel, porque, llegado el momento de acometer el crimen, tendrá que disponer de la máxima información para salir indemne de tal atrocidad (esto es lo que uno aprende con el visionado y lectura de películas y libros que versen sobre el tema).
Una vez completada la documentación, pasaríamos a la fase más divertida: ésa en la que las responsabilidades no son excesivas, donde, sí, de acuerdo, seguimos una estructura previamente establecida —siempre es importante tener algo sólido antes de lanzarnos al océano, porque si no podemos acabar en una fosa abisal sin retorno—, pero al mismo tiempo nos damos un margen de libertad para que nuestra creatividad fluya, confiando en nuestra historia y confiando en nuestra musa. De esta manera, podríamos alcanzar un manuscrito de cincuenta o quinientas páginas, aunque no deberíamos olvidar la importancia de la brevedad, una característica que suele reforzar la solidez del conjunto.
Por otro lado (el lado obscuro), si uno decide aplicar esto al mundo criminal, tiene opción de hacer lo que ya hizo de manera brillante y magistral Patricia Highsmith en “Crímenes Imaginarios”: hacer todo lo que haría si fuese a cometer un crimen. En este caso, sigues a ese escritor con el que compites y que tú sientes que obstruye tus merecidas posibilidades de éxito, y ejecutas todos y cada uno de los pasos que harías si fueses a matarlo. Como se ve, pues, es un acto que fomenta el lado más perverso de nuestro perfil creativo, que juega a mantener el control sobre una situación potencialmente macabra; en cualquier caso, por favor, recordémoslo, en esta fase aún no debemos proceder al exterminio de ese magnificado y aguerrido rival que nos obsesiona.
Ya con nuestro manuscrito completado llega el terrible momento de enfrentarse a él por segunda vez; y digo terrible porque la finalización de la escritura de un texto suele ir acompañada de la irresistible aureola de haber completado una obra maestra, mientras que, en esa inevitable revisión que se produce al cabo de las semanas, la opinión sufre un giro drástico y radical de ciento ochenta grados que nos hace considerar seriamente la opción de arrojar esos cincuenta o quinientos folios a la papelera de reciclaje más cercana (ante todo, ecológicos). Bien, pues es durante esa revisión cuando comenzamos a ponernos serios. Aquí es donde empieza el trabajo, donde ajustamos el estilo, corregimos frases, buscamos adjetivos que expresen con más precisión lo que tenemos en un estado febril recorriendo nuestra mente. En definitiva, damos forma a ese texto que aún se encuentra en bruto, que necesita ser pulido, que en algunos tramos necesitará una apropiada reconstrucción; todo para que, en definitiva, consigamos una obra lo más redonda posible.
Por otro lado (el lado obscuro), tenemos que repetir nuestra rutina criminal (el seguimiento, simulación de ejecución y acciones posteriores al asesinato ficticio) hasta que veamos los puntos que no tienen consistencia, aquellas situaciones en las que el crimen finalmente no pudiera cometerse o, tal vez, no sólo no cometerse, sino que además pusiera en peligro nuestra seguridad.
Así, repitiéndose este paso una y otra vez, llegamos al momento final, ése en el que tenemos sobre la mesa un borrador presentable de nuestra obra. Es el momento de ver si hay alguien interesado. Si lo que hemos escrito tiene un valor más allá de nuestro criterio ya inevitablemente subjetivo.
Por otro lado (el lado obscuro), ya has trazado en tu mente el crimen perfecto. Has valorado y sopesado todas las posibilidades hasta llegar a la conclusión de que si sigues fielmente lo trazado y ensayado con anterioridad, tu macabra misión resultará en un éxito incontestable.
Finalmente, recibes una llamada. Alguien se interesa por tu obra. Haces las últimas correcciones.
Por otro lado…
Bueno, por otro lado quizá ya sepas que estoy hablando de ti.
Que tal vez te haya seguido en las últimas semanas, que haya mimetizado tus costumbres, tus gestos, tus reacciones. Que un día, cuando entres en tu casa, te esté esperando detrás de la puerta para golpearte con un candelabro, hacer desaparecer tu cuerpo y limpiar las huellas.
Porque tú sí que escribes bien, y nadie como tú puede contar esa historia que llevas dentro; en realidad sólo tienes que encontrar el formato para que salga al exterior (¿es un relato, un poema, una novela, un guión o una obra de teatro?), las herramientas adecuadas y el momento idóneo.
Ése es el único crimen que ahora vislumbro: que no estés escribiendo.
Por eso, hazme caso y cierra la puerta de tu despacho; siéntate dispuesto a escribir, apaga el móvil, apaga la televisión, la radio, el Spotify, cierra el correo electrónico y todas las redes sociales.
Sólo la palabra y tú.
Porque no hace falta nada más para que surja la vida.

© José Luis Ordóñez (texto), septiembre 2011