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miércoles, 13 de mayo de 2026

"LANDA" (Gracia Querejeta & Miguel Olid) en MOVISTAR +


DEL LANDISMO A CANNES
Del Festival de Málaga a Movistar + pasando por las salas de CINE

El pasado 16 de abril asistimos al preestreno del documental "LANDA", de Gracia Querejeta y Miguel Olid, en los cines Odeon en Sevilla, en una sala llena de público que remató el final de la proyección con un sonoro aplauso; y justo antes de comenzar la película —quizá debido a una serie de acontecimientos personales y a la propia importancia de la figura de la madre en la vida de Alfredo Landa—, Miguel Olid tuvo tiempo de revelar a los presentes que lo que estábamos a punto de ver estaba dedicado "a las madres", las de los responsables de la propia película, sí, pero también a las de todos los que estábamos allí.
            Tras estar presente el pasado mes de marzo en el Festival de Málaga y pasar después por las salas de cine, llega también ahora a Movistar + este documental que tiene la habilidad de acercarse con mirada atenta y lúcida a uno de los grandes actores de nuestro cine: de esta manera, se entra de lleno en el denominado landismo, con voces críticas y voces que argumentan su defensa; se hace especial hincapié en "El puente" (1977), la estupenda película de Juan Antonio Bardem, y lo que supone en la carrera de Landa; nos detenemos en las grandes obras que brillan en su filmografía, como "El crack" (1981), "Los santos inocentes" (1984) o "La vaquilla" (1985); llegamos a los premios y homenajes; y, finalmente, también, encontramos un acercamiento a lo más personal, especialmente a través de sus hijos o de sus amigos, como José Sacristán, con el que comparte aventuras cinematográficas desde los años setenta. Se advierte a lo largo del metraje un admirable equilibrio entre la consideración de la obra más popular y venerada por el público y la que suscita la mayor admiración de la crítica; y ahí, justo en el centro, la propia figura de Alfredo Landa, consciente de esa dualidad, pero, sobre todo, de su oficio, uno que siempre ejerce con admirable dedicación, ya sea en un vehículo alimenticio o en un obra de mayor valor artístico.
            Se conjugan con acierto las enriquecedoras voces de José Sacristán, Miguel Rellán y Antonio Resines, a veces más hondas y profundas (Sacristán), a veces más melancólicas y emotivas (Rellán), a veces más irreverentes y humorísticas (Resines); se produce entre los tres una simbiosis que aviva e ilumina la pantalla y cala en el corazón del espectador. Es un lujo contar con todos ellos, que han trabajado con Landa, que lo conocían bien, y eso añade una perspectiva única que se ha sabido insertar en el desarrollo del documental.
            Además, estamos ante una obra elegante y con estilo. No escamotea información al espectador, habla de sus grandes enemistades en el mundo del cine y de sus polémicas (y maravillosas) memorias —que, bajo el título de "Alfredo el Grande", escribe Marcos Ordóñez, y acaba de reeditar Sílex editorial, con una edición a cargo del propio Miguel Olid— pero no ofrece carnaza. Está más interesado en el propio protagonista, un actor capaz de todo, en su perfil más humano, que en ahondar en las polémicas que surgen a su alrededor.
            Y añadiríamos que, además de ser elegante y poseer un innegable estilo, "Landa" es, incluso, osado, ya que se atreve a sugerir un relevo, proponer el nombre de un actor que fuera capaz en la actualidad de ocupar, por así decirlo, su puesto; pero lo cierto es que lo hace con cierto sentido, con cierta justificación, en lo que constituye una de las sorpresas del documental, tan inesperada como vitalista: en el fondo, Alfredo Landa sigue entre nosotros, no solo a través de sus películas, su familia y sus amigos, sino también a través de esos otros actores que ejercen su oficio entre el cine, el teatro, la comedia y el drama, y ante los que podemos encontrar ciertas similitudes, como si, en el fondo, el reflejo inmortal de Landa terminara iluminando a aquellos que lo buscan a través del espejo.
            Gracia Querejeta y Miguel Olid han logrando una obra admirable, que rompe moldes y no funciona como un simple documental al servicio general de la vida y obra del personaje en cuestión, uno de los mejores actores en la historia de nuestro cine; al contrario, se permiten dedicar más tiempo de metraje a aquellos temas que consideran de mayor interés, y apuntan solo los aspectos biográficos que les parecen relevantes. Así, llegamos al gran premio de interpretación en Cannes por "Los santos inocentes", pero también inciden antes en el landismo, en una valoración crítica que tiende a lo negativo, pero también ofreciendo voces que lo justifican.
            Del material de archivo recuperado destacan numeras entrevistas al propio Alfredo Landa, pero también a directores fundamentales en su carrera, como José Luis Garci o José Luis Cuerda; especialmente divertida, como no podía ser de otra forma, es la dedicada a Manuel Summers, cuando el director sevillano recuerda cómo dirigía a Alfredo Landa en "La niña de luto" (1964), en lo que fue su primer papel protagonista; un Summers que, por cierto, fue el objeto del anterior documental de Olid, "Summers el rebelde" (2024).
            De los entrevistados se admira la precisión y frescura de Marta Medina en sus comentarios sobre algunas películas o el movimiento del landismo; de Víctor García León su naturalidad y empatía a la hora de acercarse a Landa; de Luis Alegre sus recuerdos con el propio Landa, que, de repente, nos permiten imaginar esos momentos justo como si nosotros, como espectadores, también estuviéramos allí, y eso, de repente, nos abriera una nueva puerta a su particular universo; Oti Rodríguez Marchante tiene la doble capacidad de ser entrevistado y de aparecer en material de archivo, siempre con un comentario preciso cuando surge; María Bardem recuerda a su padre y es, también, una conexión con una parte fundamental de nuestro cine; Mikel Olaciregui se plantea cómo quedaría la producción española en aquellos años si elimináramos el landismo; Rosa Belmonte aporta una mirada cotidiana y certera, mientras que Enrique Cerezo es interesante tanto por lo que dice como por lo que calla (por ejemplo, eso de... yo me he llevado muy bien y muy mal con ciertas personas); finalmente, Alfredo Landa Imaz e Idoia Landa Imaz, los hijos de Alfredo Landa, aportan un perfil más personal e intimista sobre la figura de su padre, haciendo una clara separación entre la vida profesional y la vida familiar del actor. Por mi parte, un placer intervenir en una obra que no tiene miedo a dar voz a figuras diversas, plantear propuestas inesperadas y sorprender, permitiendo que la emoción surja de la pantalla y alcance el alma del espectador.
            Alfredo Landa es un lujo en nuestro cine y "Landa" se encarga de recordarlo de la mejor manera posible: a través de sus grandes películas, sí, pero también a través de las peores (el landismo), con sus premios, su trayectoria vital y familiar... y algo que crece en el tramo final del documental y que parece elevar la fuerza narrativa de la obra: la emoción de saber que Landa es eterno.
            No me quiero olvidar del decorado en blanco y negro, a cargo de la directora de arte Eva Rodríguez, con recortes de  personajes interpretados por Alfredo Landa, y que permanecen agazapados tras los entrevistados, siempre atentos... o de la extraordinaria banda sonora de Nerea Alberdi, entre melancólica y emotiva, quizá recordándonos a cada poco del metraje que, aunque él ya no esté, la grandeza de Landa siempre la encontraremos en sus interpretaciones, siempre vivas, siempre capaces de llegarnos al corazón.
            Quizá la única crítica que podría lanzarse al documental de Gracia Querejeta y Miguel Olid fuera su duración, ya que sus 70 minutos se hacen cortos; aunque también podríamos considerarlo como una virtud (y casi bendición) en los tiempos que corren: en un universo cinematográfico donde la extensión de las películas es cada vez mayor, esta obra de poco más de una hora condensa la grandeza y humanidad de una figura irrepetible y seduce al espectador, le deja con ganas de más y ansioso por regresar a algunas de sus grandes películas —regresar, o descubrir, por qué no—, esas que cimentan una carrera única. Porque, no lo olvidemos, lo del cine también es precisión.
            Como las miradas, los silencios, los gestos y la voz del gran Alfredo Landa.

J.L. Ordóñez


domingo, 13 de marzo de 2022

EL MUNDO ES VUESTRO (2022, Alfonso Sánchez)

 

Hay una sensación maravillosa que, a veces, se produce en el interior de una sala de cine, y es cuando el metraje de la película comienza a proyectarse sobre la gran pantalla y, tras sus primeros minutos, descubres que no te has equivocado, que has elegido sabiamente entre la diversa oferta audiovisual. En realidad, esto no deja de ser una reformulación de lo que ya afirmaba el productor y director de cine estadounidense Cecil B. DeMille cuando decía eso de que una película debía empezar con un terremoto y después ir hacia arriba, entendiendo que ese terremoto pueda ser un personaje interesante, una escena potente, una situación memorable, un diálogo eléctrico, un anticipo inteligente de lo que está por venir... algo que, en definitiva, capte nuestro interés como espectadores; y no necesariamente, como vemos, el tipo de terremotos con los que suelen empezar las películas de James Bond, Indiana Jones o la saga "Misión imposible".

            Esa es la misma sensación que uno tiene con los primeros minutos de "El mundo es vuestro", la nueva película de Alfonso Sánchez que, a lo largo de su poco más de hora y media de duración, retoma personajes de sobra conocidos (esos compadres a los que el propio Sánchez y Alberto López dan vida con la naturalidad y frescura habituales), añade otros nuevos al reparto y algunos más que, siéndolo, son, sin embargo, muy, muy familiares. El gran acierto de este prólogo reside en la contención, la subversión de roles y expectativas, y, claro, en la extraña empatía entre el protagonista y el agente al que da vida un brillante Antonio de la Torre. Este es, pues, el excelente punto de partida que después nos conduce al espacio donde se va a desarrollar la práctica totalidad del metraje, en lo que parece una concurrida hacienda donde se reúnen lo más poderoso, tradicional, revolucionario y casposo del país, y donde surgirán oportunidades de negocios con grandes inversores detrás; lo de la ocupación de la España vaciada, con China de por medio, antológico, así como esa cacería absolutamente memorable en la que los políticos charlan de sus cosas... cosas que, en el fondo son las nuestras... pero que siempre, como comprobamos, serán solo suyas.

            Así, la política está presente de una manera corrosiva e inteligente, crítica y lúdica, con un sano espíritu de repartir a diestro y siniestro, lo que haría de esta una película muy recomendable para ser proyectado en el Congreso de los Diputados; creo que todos pagaríamos por ver las reacciones de sus señorías mientras, camufladas en la sana oscuridad de una buena sala de cine, contemplan figuras similares a las suyas en conversaciones que, probablemente, de un modo u otro, resuenen en sus cabezas.

            Pero más presente, y con el eco aún cercano del centenario de su nacimiento celebrado en 2021, es el espíritu del mítico director de cine Luis García Berlanga, para nada disimulado (¿por qué habría de serlo?), y que aquí se muestra ágil y, por momentos, exuberante, con planos secuencia que son auténticos tour de force y provocan admiración desde el lado de la contemplación objetiva y analítica, y honesta diversión desde la butaca del espectador. Hay otros referentes obvios que se adaptan a nuestra propia situación como país en estos tiempos: ahí están, para su disfrute, momentos muy Monty Python y guiños claros al cine de Quentin Tarantino o al propio spaguetti wéstern.

            He leído, o tal vez escuchado, que esta película está diseñada para cerrar una denominada trilogía del enterismo que comenzó con "El mundo es nuestro" (2012), continuó con "El mundo es suyo" (2018) y ahora parece concluir. Tal vez sea esa la intención, pero el cine es imagen y la imagen no miente; después de todo, no se cierra la historia con los héroes alejándose, cabalgando hacia la puesta de sol, como final bello y definitivo a una historia (aunque tampoco del todo concluyente... ¿acaso no recuerdan el último plano de "Indiana Jones y la última cruzada"?). Aquí los personajes principales no se alejan del espectador, sino que se acercan, caminan hacia la cámara (o hacia la pantalla), y se acercan tanto que acaban sobrepasándola, dejándonos sin ver hacia dónde van pero también con ganas de girar la cabeza y seguir con la mirada el destino de su próxima aventura.

            "El mundo es vuestro" es una muestra de cine con clara vocación comercial, que busca la comedia desde diferentes ángulos y se apoya en el trabajo actoral donde, más allá de unos protagonistas que ya conocemos y con los que disfrutamos, brillan esos secundarios (siempre tan imprescindibles) que, ya sea con mayor o menor presencia en pantalla, aparecen dibujados con cariño y como parte fundamental de esta película (deslumbran, particularmente, Carmen Canivell, Teresa Arbolí o Carlos Olalla, por citar tres), una obra que encuentra con facilidad algo tan difícil como el tono adecuado (gracias, por ejemplo, a la música de Juan Cantón o la fotografía de Alejandro Espadero) y que es muchas más cosas, pero, sobre todo, una muestra de buen cine, a contracorriente, osado y cinéfilo, una tormenta perfecta de Berlanga, los Monty Python y Tarantino en la España de 2022.

lunes, 24 de octubre de 2016

NOIR en 35mm: "DISTRITO QUINTO"


En una nueva colaboración con "Solo Novela Negra", la revista del mundo criminal, tenemos el placer de escribir sobre una de las grandes películas del cine español. Nos referimos a "Distrito Quinto" (Julio Coll, 1957), una joya hoy olvidada que recrea con precisión y acierto una trama característica del cine negro donde lucen especialmente Alberto Closas y Arturo Fernández. Les invito a leer el artículo:




martes, 13 de septiembre de 2016

TODO SALDRÁ BIEN (Jesús Ponce, 2016)

“Todo saldrá bien” (Jesús Ponce, 2016) podría verse como una película de terror cotidiano, sin duda el peor de todos ellos, por cuanto carece del valor lúdico e irreal de ese terror que nos vende el cine: aquí no hay psicópatas, ni zombies ni casas encantadas. Sin embargo, sí hay una casa de la que no pueden escapar sus protagonistas (como si de un “Hotel California” rústico y local se tratase), sí hay una persona más cercana a la muerte que a la vida y sí hay un personaje condenado a desconectarse del mundo, que vive en ese universo anclado a la agonizante madre que nunca vemos, uno de los aciertos visuales de la película.


¿Por qué terror cotidiano? ¿Por qué el peor de todos ellos? Porque habla de tragedias reales, cercanas en el tiempo y en el espacio, donde la injusticia social deriva hacia callejones sin salida como al que nos dirige de manera irremediable este largometraje desde sus primeros minutos.


Isabel (Isabel Ampudia) regresa a la casa familiar en el campo donde espera su hermana Mercedes (Mercedes Hoyos), ante la inminente muerte de la madre de ambas, ya incapaz de reconocerlas, postrada desde hace años en una cama, y a la que casi de manera única identificamos por unos lastimosos quejidos que se propagan entre sus paredes como una maldición fantasmal incapaz de dejar salir de allí a las dos hermanas.

En un momento determinado, en los primeros minutos de “Todo saldrá bien”, ambas están compartiendo su primera cena en la casa de campo cuando los lastimosos quejidos de esa madre invisible pero omnipresente sacuden la conciencia de la recién llegada. “¿No subes?”, le pregunta Isabel, a lo que Mercedes le responde que lo haga ella. Isabel se levanta, sale del plano, al tiempo que un lento travelling de retroceso contempla la cotidiana soledad de la tragedia en Mercedes, que continúa con su cena, como ha hecho siempre, asumiendo el drama e insertándolo en esa normalidad hiriente que resquebraja el alma. Por supuesto, como comprobamos a continuación, Isabel no es capaz de atender a su madre y será su hermana la que, de nuevo, tenga que hacerse cargo de las necesidades de una enferma dependiente, abandonada por el sistema social y condenada a sufrir durante un indeterminado período de tiempo.

Se agradecen los momentos de humor que alivian la tragedia y nos permiten respirar (alejándose así, por ejemplo, de la asfixiante aspereza de un Michael Haneke o la violencia explícita de un Lars Von Trier), donde se humanizan los personajes de estas dos hermanas, visibilizando sus rencores, sus debilidades, sus ilusiones rotas. Hay dolor, sí, hay odio, sí, hay frustración, sí, pero también hay amor, un amor trágico que, al final, es lo único que parece quedar.


“Todo saldrá bien” es una película en la que brilla el potente duelo actoral entre Isabel Ampudia y Mercedes Hoyos, omnipresente a lo largo de todo el metraje, salvo por momentos puntuales donde aparecen otros personajes que oscurecen aún más el terrible panorama al que se enfrentan las dos hermanas: el personaje de Víctor Clavijo en la secuencia inicial de la oficina advierte a Isabel de las consecuencias de ausentarse del trabajo (aunque sea con días de asuntos propios); el doctor que hace visitas a domicilio, interpretado por Darío Paso, les recuerda que en el mundo que les ha tocado vivir, jamás pueden dejar sola a su madre (impidiendo así el festivo picnic planeado entre las hermanas lejos de la casa); Juan Carlos Sánchez, dando vida al doctor en al ambulatorio, le confirma a Mercedes que está sola, que nadie la ayudará y que, en definitiva, “todo se ha ido a la mierda” (crítica social que, además, se materializa en ese cartel que le prohíbe que las consultas duren más de cinco minutos). 

Consciente de la química y talento de sus actrices, Jesús Ponce despliega una planificación que, a menudo, nos permite disfrutar de ambas en un mismo plano: sus palabras y reacciones alimentan no sólo la verosimilitud de sus personajes sino también la línea narrativa de esta incómoda pero recomendable película, dura y desasosegante, pero, al mismo tiempo, vehicular de un mensaje que visibiliza las tragedias cotidianas.


Mención especial merece el extraordinario trabajo que desarrolla Mercedes Hoyos en la composición de su personaje, el más rico de la película, por el bagaje acumulado, por ese rencor que trata de esconder pero que termina saliendo a flote. Su dolor, esa mirada triste que parece atravesar el alma, salpica al espectador y pone el nudo en la garganta. Sabemos que ella tiene una hermana y una madre, pero su único alivio familiar lo encuentra en el vino, que aún le recuerda el placer de la vida, que tal vez le ofrece la salvadora ilusión de que todavía puede encontrar su lugar en el mundo, lejos de una casa de la que, en el fondo, sabe que jamás escapará, al igual que su madre, y a la que parecen irremediablemente condenadas en “Todo saldrá bien”, película pequeña, atípica y cruda, que crece y crece durante el visionado hasta demostrar que otro tipo de cine es no sólo posible, sino necesario.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Techo y comida

Aprovechando que hoy se han anunciado las nominaciones a los premios Goya en su edición número treinta, escribo aquí sobre "Techo y comida", una de las películas españolas más potentes del año, nominada en las categorías de mejor dirección novel, mejor actriz y mejor canción original.


En un momento determinado el personaje omnipresente al que da vida Natalia de Molina realiza la visita al abogado de servicios sociales al que, como último recurso, acude para evitar perder la casa en la que vive de alquiler. Rodada en un exquisito plano secuencia, jamás separamos la visión del rostro de ella. Escuchamos al abogado, sí, pero jamás lo vemos. No hay necesidad. No queremos ni podemos despegarnos de ella, asimilando como, poco a poco, van desapareciendo las esperanzas de conservar el hogar en el que vive junto a su hijo. Y lo hacemos en tiempo real, sin que el artificio del montaje cinematográfico se interponga entre el alma dañada de esa mujer que busca por todos los medios la supervivencia en medio de la desalentadora soledad que la rodea, y nosotros, espectadores y testigos de un drama contemporáneo que va más allá de la pantalla y nos abofetea inmisericorde.

Esa es una de las escenas potentes que ofrece “Techo y comida”, película dirigida con pulso firme por Juan Miguel del Castillo, en una primera incursión cinematográfica de largo recorrido que, desde el mismo arranque, con una dirección que imanta al espectador sobre las imágenes, nos sumerge en una historia real de supervivencia, despojada casi en su totalidad de música, con una banda sonora compuesta por los sonidos de la realidad. Así, seguimos a Rocío, madre soltera y sin trabajo, en su desesperada búsqueda por escapar al futuro negro que se cierne sobre ella y su hijo de ocho años, en una trama sin elementos anestésicos, dura y sin concesiones, pero evitando al mismo tiempo recrearse en los elementos dramáticos. Aquí las cosas terribles pasan, sí, pero no van acompañadas de innecesarios añadidos lacrimógenos ni envolventes bandas sonoras que realcen el sentido de la tragedia. Aquí todo sucede como en la vida: sin añadidos edulcorantes, sin adornos vacuos. Y, sin embargo, con un perfecto sentido cinematográfico, un punto de vista fiel a la historia, unos silencios expresivos capaces de provocar un nudo en el estómago.

Hablar de “Techo y comida” es hablar, claro, de la excelente composición de Natalia de Molina (premio a la mejor actriz en el Festival de Málaga de Cine Español), pero también del magnífico elenco de secundarios, tan convincentes y reales que, cuando aparecen, uno no ve al actor, sino a una persona de carne y hueso, al personaje real que vive en esta historia, cada uno con su propia tragedia y necesidad, que va asfixiando poco a poco a nuestra protagonista. Ahí están, por ejemplo, el niño Jaime López, un descubrimiento, o las excelentes Mariana Cordero, Mercedes Hoyos y Montse Torrent, en un cast realmente destacable al completo.

Una vez vista la película, disfrutada como pieza cinematográfica y coherente ejercicio de denuncia social, con ese descriptivo y doloroso plano final que, sin embargo, podría dar pie a una continuación que prolongara la historia, uno no puede sino preguntarse cómo es posible que una obra de este calado haya surgido sin ayudas de televisiones o instituciones, en un mérito indudable que hay que atribuir a los productores que, creyendo en la historia, se han embarcado en esta aventura y no sólo han salido airosos sino, hay que decirlo ya, triunfadores. Sin duda, una de las películas del año.

jueves, 23 de julio de 2015

EL MUNDO SIGUE


Fernando Fernán-Gómez, el director de la recuperada “El mundo sigue”, por fin en salas comerciales cincuenta años después su fugaz y efímero estreno, opta por una secuencia de arranque que, en cierto modo, anticipa lo que va a suceder durante los siguiente ciento quince minutos de proyección: a través de una serie de planos generales contemplamos cómo una señora mayor camina de manera trabajosa por las calles del barrio, con dificultad, con un evidente agotamiento que, intuimos, quizá no sea sólo producto de la edad; pronto comprendemos, efectivamente, que ese cansancio procede, sobre todo, del originado por la rivalidad y odio irreconciliable que existe entre sus dos hijas, a las que dan vida Lina Canalejas y Gemma Cuervo, núcleo de la historia coral que encontramos en esta brillante obra, sin duda el mejor estreno del verano dos mil quince en pantallas españolas.

De una actualidad sobrecogedora, siniestra, y con un tramo final más próximo al cine noir que al drama con toques de humor negro, la película se revela como una de las grandes cintas del cine español y, desde luego, uno de los picos en la carrera de Fernán-Gómez. Despiadada y mordaz, esboza secuencias de crítica social memorable, hace tambalear los pilares intocables establecidos en la época y se atreve con un final apocalíptico que cierra de manera extraordinaria un discurso que más parece una bofetada, un ajusticiamiento a los estamentos del momento, y todo, paradójicamente, de una hiriente cercanía.

Las personalidad de las dos hermanas, los caminos opuestos elegidos, dan lugar a escenas de diferente calado que giran en torno a los modos y actitudes que una y otra adoptan frente a los obstáculos que se les presentan en las sociedad española de principios de los sesenta. Reconocemos en breves papeles secundarios, entre otros, al gran José María Cafarell, una jovencísima Pilar Bardem, el siempre elegante Fernando Guillén o un memorable Agustín González que, aquí como crítico teatral solitario al que se le ha escapado para siempre el amor de su vida, aparece en una brillantísima escena donde su jefe le recrimina una mala crítica realizada y le advierte de la vigencia de una máxima: “Los hijos de los Señores Consejeros, los familiares de los Señores Consejeros, los amigos de los Señores Consejeros son siempre gente de muchísimo talento…”.

Sorprenden, en materia de puesta en escena, aciertos de indudable modernidad: el montaje acelerado y paralelo que muestra al personaje de Gemma Cuervo subir las escaleras del domicilio familiar en el momento actual y cuando era una niña; esa voz intrusiva que muestra los pensamientos de algunos de los personajes; los grandes primeros planos que acompañan en el tramo final al personaje que interpreta brillantemente Fernando Fernán-Gómez y que parecen querer bucear en su creciente locura o algunos flashbacks que explican y establecen paralelismos, ofreciendo al espectador una lectura más completa de las historias que convergen.

Es “El mundo sigue” una película que ahonda en la miseria y tristeza de la condición humana, en la avaricia, la envidia, el rencor, la soledad o la inevitabilidad de nuestros actos, sus consecuencias y el final oscuro y terrible al que parecemos abocados.

Todos los personajes son memorables en la película: las hermanas, por supuesto, siempre enfrentadas; el hermano, con su filiación religiosa; los padres, que cambian rápidamente de opinión sobre la honorabilidad de sus hijos dependiendo de ciertos aspectos poco románticos; los imprescindibles secundarios, cada uno principal y brillando en su propia historia, y, por supuesto, Fernando Fernán-Gómez, que ocupa el tramo final de la película, donde la propia patología del personaje que interpreta se desarrolla en su máxima expresión.

Tuvimos ocasión de verla el pasado viernes 17 de julio en el Avenida 5 Cines de Sevilla, en la única sesión diaria programada, con la sala casi llena. Una absoluta gozada. Un acontecimiento. Una película que requiere la atención del espectador. Un motivo de peso para ir a las salas.

Eso sí, sólo hemos tardado cincuenta y dos años en restaurar y estrenar una de las grandes obras maestras de nuestro cine. Mejor tarde que nunca. ¿A qué esperan para verla?

EL MUNDO SIGUE (1963 / España / Drama / Blanco y negro / 115 minutos)
Director Fernando Fernán Gómez
Guión Fernando Fernán Gómez (Novela: Juan Antonio Zunzunegui)
Música Daniel J. White
Fotografía Emilio Foriscot
Reparto Lina Canalejas, Fernando Fernán Gómez, Gemma Cuervo, Milagros Leal, Francisco Pierrá, Agustín González, José Morales, José Calvo, Fernando Guillén, María Luisa Ponte, Jacinto San Emeterio, Pilar Bardem, José María Caffarel